viernes, 2 de abril de 2010

Michael Ende, el defensor de Fantasía

Su nombre completo es Michael Andreas Helmut Ende, fue un escritor alemán que nació el 12 de noviembre de 1929 en Garmisch-Partenkirchen, Baviera, y murió el 28 de agosto de 1995 en Stuttgart.

Fue hijo único del pintor surrealista Edgar Ende, quien le transmitió su rica visión de la realidad y una completa educación artística y humanística, y Luise Bartholomä, una fisioterapeuta. Desde pequeño convivió con pintores, escritores y escultores, “ya de pequeño aprendí todas las teorías (también aquellas que hoy en día todavía son revolucionarias) sobre el arte y la literatura”, comentó Michael. Sin embargo le tocó vivir una época de ambiente nacionalista y de guerras, cuyas experiencias contribuyeron a afianzar el anhelo de belleza, humanidad y armonía que refleja en su mundo de fantasía.

Por el año de 1947 entró en la escuela antroposófica del filósofo Rudolf Steiner, en Stuttgart, y fue en ese año cuando escribió su primera obra de teatro: Ya es la hora, dedicada a la matanza de Hiroshima. También de joven participó en una agrupación antinazi llamada “Frente Libre Bavarian” mientras era estudiante, pero suspendió sus estudios para servir al ejército alemán. Tiempo más tarde, toda su familia se mudó a una zona donde habitaban muchos artistas en Munich, aspecto que inspiró al joven artista.

Entre 1947 y 1950 estudió interpretación en la escuela de Otto Falckenburg, en Munich; luego comenzó a escribir relatos de corte infantil y juvenil. También trabajó como actor, guionista de espectáculos de cabaret y como escritor de críticas cinematográficas. Años después, en 1955 Ende escribió la obra de teatro El Feo.

Así pasó algunos años de trabajo inestable como actor y escritor libre, escribió todo lo que le proporcionaba dinero: canciones, monólogos para cabarets político-literarios, sketchs, etc. Pero justo cuando tenía una situación económica y moral insoportable, aceptaron su libro Jim Botón y Lucas el maquinista el cual obtuvo gran popularidad en su país en 1960, una novela fantástica con la que ganó el premio Deutscher Jugendbuchpreis como mejor libro alemán del año para público infantil, aún después de que fue rechazada durante dos años. Esta obra trata las aventuras de un niño que por error llega a una isla tan pequeña que un habitante más representa un problema grave de espacio. Al crecer decide marcharse y Lucas, el maquinista, lo acompaña con su increíble locomotora recorriendo todo un mundo real y fantástico.

Con esta primera novela, Ende recibe sus primeras críticas recibidas de muchos editores que rechazaron su manuscrito por ser excesivamente fantástico, tomando en cuenta que en el ambiente de los años sesenta en Alemania presidía el realismo y los textos comprometidos socialmente, cualquier otro tipo era clasificado como literatura de evasión, en especial la fantástica. Por ello, Ende es obligado una y otra vez a justificarse hasta que decide irse a vivir a Roma con su primera esposa Ingeborg Hoffman, una cantante, hasta que en 1985 ella falleció debido a un cáncer.

En 1985, debido a la muerte de su mujer, Ende regresó a Alemania para instalarse a las afueras de Múnich, donde se casó cuatro años después con su traductora japonesa Mariko Sato.

Entre sus libros más destacados se encuentra Momo (1973), una novela polémica para su época debido a la dura crítica social, la obra narra la aventura de una niña que se enfrenta a los hombres grises que se dedican a robarle el tiempo a los hombres. Esta historia fue llevada al cine, así como también La Historia Interminable (1979), en el cuál un libro habla de un libro. En general es la historia de Bastián Baltasar Bux, quien al robar un libro descubre que este habla de él y es absorbido por su trama. Y aunque de nuevo se tuvo que justificar frente al realismo, tan importante en esa época, el éxito superó lo previsto y, no sólo fue leída por niños y adultos, sino que obligó a cuestionar nuevamente el concepto de literatura juvenil mientras que grupos pacifistas iban a las manifestaciones con el libro bajo el brazo.

Es importante destacar que a pesar de la mala crítica, Ende siempre se mantuvo fiel a sus principios y a su filosofía defendiendo la literatura fantástica; pero no como una vía de escape de la realidad, sino como parte de la misma, él solía decir: “La fantasía no es una forma de evadirse de la realidad, sino un modo más agradable de acercarse a ella.”

Llegó a comentar en entrevista que cuando nos fijamos un objetivo, el mejor medio para alcanzarlo es tomar el camino opuesto: “No soy yo quien ha inventado dicho método. Para llegar al paraíso, Dante, en su Divina comedia, comienza pasando por el infierno. Para descubrir las Indias, Cristóbal Colón elevó anclas en dirección a América. Para encontrar la realidad hay que hacer lo mismo: darle la espalda y pasar por lo fantástico. Ése es el recorrido que lleva a cabo el héroe de La historia interminable. Para descubrirse, a sí mismo, Bastián debe primero abandonar el mundo real (donde nada tiene sentido) y penetrar en el país de lo fantástico, en el que, por el contrario, todo está cargado de significado. Sin embargo, hay siempre un riesgo cuando se realiza tal periplo; entre la realidad y lo fantástico existe, en efecto, un sutil equilibrio que no debe perturbarse: separado de lo real, lo fantástico pierde también su contenido. Eso lo aprende Bastián a su paso por la ciudad de los emperadores destronados. Al haber perdido hasta el recuerdo del mundo real, los habitantes de dicha ciudad del absurdo se ven obligados a desparramar al azar las letras del alfabeto durante todo el año, esperando que, en el transcurso de la eternidad, acaben por aparecer todos los libros del mundo, entre los que se encuentra, claro está, La historia interminable.”

La primera vez que fue llevada al cine fue en 1984, donde muchos detalles del libro fueron modificados y aunque Ende se desilusionó, fue un éxito en taquilla. Sus libros se han caracterizado por tener nombres llamativos y extraños, como por ejemplo: El libro de los monicacos (1970), Tragasueños (1978), Jojo: Historia de un saltimbanqui (obra de teatro 1982), El Goggolori (1984), El espejo en el espejo (1986), El Ponche de los deseos (1989) y Carpetas de Apuntes (1994) que contiene algunos ensayos autobiográficos con algunos relatos fantásticos y de aventura.

A Michael Ende se le diagnostica cáncer de estómago en junio de 1994, el cuál fue intervenido quirúrgicamente en una clínica de Munich, pero los especialistas de la University Clinic de Um le diagnosticaron fase terminal. Mientras se recuperaba de la operación escribió en 1995 Mamonella o el genio de la botella, comisionado por el Teatro Estatal de Bavaria; pero nunca se terminó. Alcanzó a celebrar su cumpleaños número 65 alejado de la publicidad y rodeado de sus amigos.

Su salud fue empeorando y tras probar con diferentes tratamientos, murió el 20 de agosto de 1995, no sin antes repetir que “existen uno o varios mundos más, no detectados por nuestros sentidos pero tan reales como el nuestro, o quizá más”.

domingo, 14 de marzo de 2010

Fotografía de difuntos

En el siglo XIX se tenía la costumbre de fotografiar a los recién fallecidos vestidos con su ropa personal, solos o junto a sus compañeros, familiares y amigos. El motivo es que en ese tiempo se tenía una visión más sentimental sobre la muerte, al grado de verla, en algunas ocasiones, como un privilegio.

La costumbre se remonta desde el Renacimiento, como aún no existía la cámara fotográfica en ese entonces, se utilizaba el retrato por medio de la pintura.

Pero en 1839 Louis Daguerre creó la obtención de fotografías basado en la plata denominado daguerrotipo, y con ello las fotografías post mortem que se difundieron de París, Francia, hacia otros países.

Los tiempos de exposición eran muy largos, por lo que los difuntos eran materiales ideales para el retrato, pues difícilmente las personas podían soportar sesiones tan largas, para ello se crearon unos soportes disimulados para sostener la cabeza y el resto de los miembros y así evitar que la persona se moviera.

En cuanto a los difuntos, se les fotografiaban “cenando” en la misma mesa con sus familiares vivos, o en el caso de los bebés dentro de sus carros junto a sus padres, en el regazo o con sus juguetes. En ocasiones se les agregaban elementos icónicos, como una rosa con el tallo corto volteada hacia abajo, que simbolizaba la muerte de una persona joven, o los relojes de mano que mostraban la hora de la muerte, etc.

Hay que comprender que en ese entonces las fotografías no eran tan habituales como lo es ahora, por lo que existían personas que en su vida se habían tomado una fotografía y la única forma de recordarlos era retratándolos muertos.

Además, los índices de mortandad en aquellos tiempos eran muy elevados, sobre todo en niños, la tasa de mortandad era prácticamente igual al número de nacimientos. Tan sólo el 60% de ellos llegaba a edad adulta. La mayoría de las muertes infantiles eran a causa de la viruela y la fiebre amarilla; sin mencionar las mujeres que morían en el parto.

La costumbre de las imágenes post mortem se fueron haciendo tan popular que llegó a ser una adquisición común. Se puede decir que en 1860 todos los miembros de la sociedad podían pagar por un retrato, aunque su uso se seguía reservando para eventos especiales, pues no dejaban de ser algo costoso. Aún así se popularizó tanto, que en algunos lugares era un requisito social “obligatorio” tener las fotografías de sus seres queridos antes de sepultar el cuerpo. El fenómeno se difundió por Europa y Norteamérica y hubo fotógrafos especializados en este tipo de tomas.

Al principio se retrataba a los muertos como si estuvieran dormidos, otorgando una imagen natural que simbolizaba el “eterno descanso”. Otra forma era acomodarlos de modo que simulara algún acto cotidiano, para ello se abrían los ojos del difunto con utensilios diversos (lo más común era usar una cucharilla de café) y luego se colocaba correctamente el ojo en la cuenca.

El fotógrafo tenía completa libertad para vestir y disponer el cuerpo como considerara lo más apropiado. Eran expertos del maquillaje, en ocasiones obtenían resultados espectaculares y en algunos otros más bien patéticos.

Las tomas solían hacerse en picado o contrapicado, lo más común era tomar sólo el rostro del fallecido, enfatizándola y evitando cualquier tipo de ornamentación, llevando a una confrontación directa y cruda con la persona muerta cuando se observa el retrato.

Tomas Helsby ofrecía este tipo de retratos en 1848 al igual que Bartola Luigi con su socio Aldanondo Antonio, que en 1856 instalaron su estudio especializándose en retratos post mortem. Otro fotógrafo, Daviette, de nacionalidad francesa, en conjunto con el profesor Furnier ofrecían en Perú entre los años 1844-1846, los servicios de fotografías de difuntos en la cuál recalcaban con avisos en el diario local la posibilidad de inmortalizar al ser querido. En los avisos él mismo se anunciaba como “artista fotogénico” el cuál se encargaba de “retratar los difuntos como cuadros al óleo”.

Otro de los fotógrafos más populares era Francisco Rave, junto con su socio José María Aguilar, publicaba en el diario El Nacional de 1861 algunos anuncios como: “Se retratan cadáveres a domicilio, a precios acomodados…”.

La costumbre siguió en América

En América la mortandad era muy alta, es decir, una familia común de entre 8 y 10 hijos solían fallecerles la mitad, a estas fotografías post mortem de niños se les conocía como “Angelitos”. Esto es porque en la cultura religiosa católica, a los niños que morían sin pecado original por haber sido bautizados y sin ningún otro pecado en vida, iban directamente al cielo para convertirse en Angelitos, por el contrario, los que no habían sido bautizados eran enterrados con los ojos abiertos para que pudiesen ver la gloria del señor. El fotógrafo mexicano más famoso en este tipo de fotografía es Juan de Dios Machain de Guadalajara.

En Argentina las fotografías post mortem comenzaron a tener otro sentido una vez que estas aparecieron en los medios masivos de comunicación, pues dejó de ser una relación directa y personal de los familiares del difunto para inmortalizar a su ser querido, a ilustrar un suceso periodístico ofrecido en el mercado para un lector anónimo.

Entre estas fotografías, las más conocidas e importantes de la época en Argentina fueron las de Sarmiento y Mitre. La primera fue tomada por un profesional de estudio con cámara de placa, bajo una escena premeditada y relacionada directamente con la imagen que se quería mostrar del prócer para la posteridad. En cambio la fotografía de Mitre fue realizada en su lecho de muerte en plena agonía con el fin de registrar el momento exacto de su muerte, con un propósito completamente periodístico; ésta ha sido retocada con tempera blanca, propio de las fotos preparadas para una edición periodística.

Las primeras fotos de difuntos en los medios de comunicación en Argentina fueron publicadas en la revista Caras y Caretas, en 1898, la primera revista ilustrada importante del país, la cual fue incrementando la cantidad de imágenes pertenecientes a figuras públicas con el fin de ofrecer noticias de carácter público por lo que hicieron en vida, sea bueno o malo.

Con el paso del tiempo esta práctica se fue perdiendo hasta el punto de llegar a ser repudiada, y volviéndose cada vez más sensacionalista. Actualmente la sensibilidad contemporánea es totalmente ajena a sus motivaciones y este tipo de fotografías se han convertido en una práctica impensable con un ser querido. Aún así en las ceremonias reales y velatorios de personajes públicos de la sociedad: artistas, políticos, etc., se siguen presentando estas fotografías, pero con una función completamente diferente en el ámbito forense.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Café Meido

Para las personas aficionadas al anime, a la manga y a los videojuegos existe un término en el occidente para referirse a ellas, y este es: Otaku, éste se deriva de un término japonés utilizado para nombrar a una casa o familia y que también es usado como pronombre honorífico de segunda persona. Aunque en Japón se utiliza como una jerga moderna para referirse a un fan de cualquier tema en particular, en el resto del mundo lo usamos para referirnos a los fanáticos que gustan disfrazarse de personajes de mangas o animes, a veces incluso de videojuegos.

Por ser un grupo aislado y un poco antisocial, se crearon lugares especiales para ellos como es el caso de los cafés Meido, un establecimiento “cosplay” que se creó en Akihabara, Tokio, Japón, cerca del año 2000. La atención está en manos de muchachas vestidas como sirvientas inglesas del siglo XIX, que tratan a sus clientes como amos en sus casas.

Van vestidas generalmente con el uniforme negro y su delantal blanco. Los vestidos tienen muchos detalles con blondas y algunos bordados en sus bordes. Algunas van acompañadas de un adorno en la cabeza a juego con todo el conjunto.

La decoración del lugar está ambientada con temas de anime. Su popularidad se ha extendido a otras ciudades como Corea del Sur, China, Hong Kong y Taiwan.

Al entrar al café, las sirvientas dan la bienvenida al cliente con la frase “Bienvenido mi amo” (お帰りなさいませ、ご主人様, Okaerinasaimase, goshūjin-sama?). Dependiendo del platillo que se consuma, la sirvienta realiza diferentes actividades en presencia del cliente. Por ejemplo, si se pide un omelete, la sirvienta dibuja un conejito o un corazón sobre el platillo utilizando salsa cátsup u otro aderezo. O si se pide una taza de té, la sirvienta pregunta a su “amo” cuántos terrones de azúcar debe agregar a la taza; luego se arrodillará para servir el té y hasta es posible que le dé de comer en la boca al comensal. Por ello los precios de las bebidas y las comidas son más caros que en cualquier otro establecimiento.

Si el cliente se queda con ganas de más, puede pagar por una sesión con un juego de mesa o una fotografía autografiada por su sirvienta favorita, por lo que se prohíbe tomar fotografías en el interior de estos locales.

En el año 2006 se abrió en Canadá el primer Café Meido fuera de Japón, y dado el incremento de chicas otakus, en el 2007 se abrió el primer Butler Café, también en Akihabara, una alternativa para las mujeres, donde los chicos se disfrazan de mayordomo y atienden a chicas llamándolas “reina”.

También existen peluquerías donde te cortan el pelo chicas vestidas de criada, pero lo más novedoso son los salones de masajes y aromaterapia donde te atienden las mismas chicas.

Es común llegar a Akihabara y ver al salir de la estación las tradicionales meidos con sus típicos vestidos, y en ocasiones con cola y orejas de gato, repartiendo publicidad de sus cafés para atraer a nuevos clientes.

Como no muchas chicas quieren trabajar en este tipo de establecimientos por los riesgos que corren, las meidos tienen un buen sueldo. Los clientes más frecuentes son los otakus, personas pocos sociables que en ocasiones causan problemas. Se han dado casos de chicos que les meten manos o de otakus enamorados de meidos al grado de acosarlas a la hora de la salida.

Y es que no todos se conforman con los servicios extra que estos cafés te ofrecen, entre ellos se encuentra una cabina privada por 2500 yenes (21 dólares) cada media hora, donde el cliente puede tomar una taza de café mientras recibe masajes en los hombros; o por 6000 yenes (50 dólares) la hora, el cliente puede llevar a pasear a la criada. En ningún momento hay contacto sexual dentro del servicio, pero eso no implica que las meidos sufran algún percance con sus sugestivos uniformes y sus atrayentes modales.

viernes, 16 de octubre de 2009

El circo


El circo, como lo conocemos, es un espectáculo itinerante que incluye acróbatas, payasos, magos, adiestradores de animales y otros artistas. Antes de establecerse, suele ser anunciado por un desfile para avisar al poblado que el circo va llegando. El show se presenta en el interior de una gran carpa con pistas y galerías de asientos para el público. Entre más pistas tenga el circo, es mayor la atracción. En la actualidad existen circos estables y fijos geográficamente, y no todos poseen actos que incluyen animales.

Las actuaciones en un circo se rigen siempre por reglas establecidas, al grado de crear una serie de números que ya son clásicos en el repertorio de este tipo de espectáculos, como pueden ser: las acrobacias a caballo, las cabalgatas y las actuaciones de elefantes, focas, perros y otros animales amaestrados.

El domador de leones, es ya un personaje clásico y más atrayente del circo aunque en algunos países se han prohibido esta clase de números. Sin embargo, las funciones con animales son sólo un reflejo de aquellos circos romanos, donde siempre se opone a la fuerza bruta de la bestia contra la inteligencia del hombre.

Los antiguos saltimbanquis, juglares y magos fueron los precursores de los artistas de circo actuales, los cuales muchos de sus números y creaciones forman parte de la mayor tradición circense. Por ejemplo, el payaso actual, o clown, ha heredado dicha tradición y sus actuaciones incluyen toda una serie de chises, pantomimas, piruetas y números musicales, que siempre han atraído a grandes y pequeños. Aunque claro, pueden ser también un dramático reflejo de la incomprensión, la soledad y los defectos humanos, como Grock, Rivel, Popov o los hermanos Fratellini.

El circo de la antigua Roma


Fueron los romanos quienes le dieron el nombre de Circo (Circus) a las actividades de entretenimiento, más aún, a los espectáculos públicos. En la antigua Roma, el circo era un lugar destinado a espectáculos públicos, en especial las carreras de caballos. La pista estaba dividida a lo largo por una gran valla en la cual corrían los competidores.

Tras el éxito de la presentación se crearon los anfiteatros como el Circo Máximo que contaba con una capacidad para 100 000 personas. Con el tiempo se amplió con el fin de albergar 385 000 espectadores. También se construyó canales de agua, ordenado por Julio Cesar, para presentar competencias de natación y regatas.

La presentación se abría con un gran desfile que comenzaba con lujosas carrozas y la efigie de los dioses de la ciudad, seguidos por el emperador y su corte. Detrás iban las personas que intervenían en los juegos, músicos, atletas, danzarines, magistrados y por último efebos y doncellas quemando incienso.

Además de carreras también había combates simulados entre guerreros; pero con la aparición de los gladiadores y luchadores profesionales, las contiendas fueron cada vez más despiadadas, incluso hacia el año 15 AC Aurelio Escauro fundó la primera escuela de gladiadores.

Las fieras se incorporaron años después al circo romano. En un principio los animales eran acribillados a flechazos dentro de jaulas encendidas con fuego, posteriormente inauguraron los combates entre hombres y fieras.

Evolución del circo


Tras la decadencia de las civilizaciones antiguas, las personas perdieron el interés en las artes corporales como en el teatro gestual, la danza, la gimnasia y el circo.

Posteriormente las artes corporales recobraron su espacio en la Europa de la Edad Media, volviendo poco a poco a la realidad cotidiana. Pero no fue sino hasta en el Renacimiento cuando los circenses volvieron a tomar los pueblos y las calles de muchos países europeos, ampliando el status social de dicha cultura.

La función primordial del circo era entretener a la gente: buscar la risa descomprometida de la educación y dejar fuera el concepto utilitario para de esta manera encantar y entretener a su público.

Para esta época las “troupes de saltimbanquis” incluían en sus espectáculos música, baile, cuentos populares, narraciones épicas, títeres, sin mencionar las ya clásicas acrobacia y malabares. Se hizo tradición en muchos pueblos acoger a los artistas itinerantes, ofreciéndoles un lugar para presentar sus espectáculos, como atracción de los acontecimientos públicos importantes. De forma lenta se formalizaron los itinerarios: caminos por los cuales miles de artistas solían pasar durante todo el año.

El circo de hoy


Apareció por primera vez el circo, tal y como lo conocemos, en Gran Bretaña en 1770, y en el siglo siguiente la actividad circense se extendió a gran número de países. En Alemania fueron famosos los circos Renz, Busch y Schuron; en Francia el Circo de Invierno (Cirque d’Hiver) y Médranos; en Gran Bretaña, el Circus Sanger; y en Estados Unidos, Barnum & Bailey, que fue el primer gran circo ambulante. En la Unión Soviética, el circo está subvencionado por el Estado, y es una tradición de amplio arraigo popular.

En la actualidad la palabra circo no sólo se refiere a los espectáculos ambulantes, pues también se designa al sitio en el que se representa el espectáculo circense, que puede ser una carpa móvil o un anfiteatro permanente.

El circo representa parte importante de la cultura, construida prácticamente desde que el hombre empezó a registrar sus hazañas, sus descubrimientos, sus ideas y sus creencias.


Aún así lo derechos humanos y de los animales cada vez suman mayor importancia. Por ejemplo, en antiguas épocas las deformaciones o las condiciones especiales en animales o en humanos, eran parte de un espectáculo mórbido que, despreciativamente, se refería como fenómenos. Un caso famoso fue el del “Hombre elefante”. Aunque vetados en muchas partes del mundo, estos espectáculos continúan en una forma separada y paralela a algunas ferias o carnavales. Para ello existen campañas para pedirle a la gente que no vaya a circos en los que se haga uso de animales.

Para ello, las nuevas producciones están haciendo que el concepto de circo clásico se vaya modificando. La evolución del arte en el circo lo aproxima al ámbito de la Educación Física, el cual ha ampliado sus horizontes, por la importancia que pone al trabajo corporal, a diferencia de otras épocas en las que predominaban los números con animales (domadores), con objetos (ilusionismo), o propuestas exhibicionistas (malformaciones).

Al aumentar los aspectos de teatralidad y la incorporación del simbolismo de la danza, el circo se acerca al campo de la expresión a través del cuerpo mucho más que en sus inicios donde predominaba "la dificultad del acto".

Las producciones artísticas circenses han ido acrecentando hasta el grado de extraer contenidos adaptables a un objetivo educativo, los cuales pueden desarrollarse a través de unidades didácticas constituidas alrededor del circo como centro de interés.

sábado, 10 de octubre de 2009

Calvero


Calvero es el personaje principal de la película Candilejas, protagonizada por Charles Chaplin allá por lo años de 1952 en Estados Unidos.

Es un reconocido payaso de edad avanzada que un día descubrió que el alcohol le devuelve la gracia y se hace dependiente. Su vida completa está dedicada al espectáculo, no piensa por ningún motivo abandonarlo ni se imagina haciendo otra cosa.

El problema es que el público ya se cansó de sus viejos chistes y a nadie hacía reír, muy al contrario, a la mitad del acto la gente abandona la sala o lo agreden. Inclusive las compañías han descartado la posibilidad de tener a Calvero dentro de su repertorio.

Un día regresó a su casa borracho, como era su costumbre, y encontró que una de sus vecinas tenía una fuga de gas. Abrió la puerta y descubrió a una hermosa joven cometiendo suicidio. Llamó de inmediato al doctor y la subió a su departamento; por instrucciones del doctor cuidó de ella y trató de levantarle el ánimo.

La mujer resultó ser una bella bailarina con pocas ganas de vivir, y bajo el efecto de la histeria se provoca la inmovilidad en sus piernas. Al momento de darle consejos de vida a la bailarina, las recibe inconscientemente él mismo, pues aunque él nunca trató de suicidarse, admite que también su vida se ha visto apagada desde que no puede hacer reír a su público.

Sorpresivamente recibe la carta de una compañía que lo admite pero con un papel muy pequeño. Calvero, para no tener más problemas con las compañías y para evitar que su público lo reconozca se cambia el nombre; pero fracasa de nuevo y lo lleva a la ruina y al alcoholismo.

La bailarina, completamente recuperada, regresa a trabajar y, enamorada de su salvador, lo ayuda a conseguir algunos papeles dentro de su propia compañía.

Es interesante cómo el personaje de la bailarina va creciendo a lo largo de la historia y en directa proporción el payaso se va desvaneciendo. Es cómo si de alguna forma absorbiera sus energías. Ella se vuelve primera bailarina y él un payaso mediocre con un nombre inventado.

Terry, como llaman a la joven, se enamora perdidamente de la tristeza y el desconcierto de Calvero, al grado de pedirle matrimonio. Él no soporta más el ver como se desintegra en los brazos de una mujer que crece a pasos agigantados. La deja y se dedica a hacer espectáculos callejeros. Al parecer se siente más relajado y hasta crea nuevos chistes; deja de tomar y se le puede ver más contento.

Más, como todo destino cíclico se vuelve a encontrar con Terry, quien le ayuda de nuevo y hasta le consigue un pequeño homenaje con unos letreros señalando al público en que momento deben reír; pero al final no fueron necesarios. Es importante mencionar que la salud de nuestro payaso hasta este punto está ya muy deteriorada, un trago más y podría ocasionarle un paro cardíaco.


Él lo sabe, pero su acto es lo más importante, podría acabarlo por completo o devolverle su dignidad. Sería tonto mencionar la decisión de nuestro payaso: es fácil adivinar que decidió beber para ser más cómico en su última oportunidad y eso le trajo gravísimas consecuencias.

Calvero es el ícono del artista por excelencia, vive para y por su arte, sin él no tiene ningún fundamento su existencia. Pero los años no pasan en balde y el cuerpo se acaba, te vuelves más conciente de los problemas cotidianos, la seriedad te alcanza y la soledad se reciente. La peor mezcla para un artista cuya vida es hacer reír a los demás.

La muerte de Calvero es la más deseada por aquellos que viven en el escenario. Murió después de su mejor actuación y con un público que lloraba de tanta risa e ingenio. El sacrificio valió la pena.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Ideoteca expandida


En una solitaria isla existió un laboratorio equipado con todo aquello que una pequeña niña puede necesitar. Bajo las instrucciones de su nana, la niña tenía los estantes y las mesas de trabajo bien limpiecitos. Los libros estaban formados de acuerdo a su color y tamaño. Los químicos y objetos filosos permanecían dentro de sus cajones asignados.

En su recámara, guardaba bajo llave la computadora central donde a través de la red se comunicaba con el resto del mundo para buscar las actualizaciones más novedosas y almacenaba los últimos conocimientos científicos, literarios y filosóficos.

Todos los días leía al menos tres libros completos y escribía formulas matemáticas en un pizarrón hecho especialmente para ella. Tanto conocimiento le producía una infinidad de ideas utópicas que se concentraban en su pequeña cabecita.

Para evitar colapsos, en las noches prendía un aparatito que le permitía extraer las ideas que producían sus sueños. Al otro día guardaba esas ideas en botellitas catalogadas de acuerdo al grosor, color y largo de cada una de esas hebras oníricas.

Las botellitas se fueron acumulando hasta formar una enorme Ideoteca. La conformaban largos pasillos que abarcaban desde descubrimientos gastronómicos hasta conspiraciones cósmicas.

Una mañana la infanta despertó sedienta. Mandó llamar a la nana, pero ésta nunca apareció. Después de tanto gastar sus pulmoncitos, se puso las pantunflas y soñolienta caminó hasta la cocina. Avanzó por los largos corredores cuyos estantes estaban repletos de botellitas de diferentes colores. La respiración de la pequeña rebotaba en las paredes y el eco le golpeaba las orejas con brusquedad.

Después de tanto caminar llegó a la cocina y se encontró frente a frente con su nana, pero ésta no la veía. Descansaba tranquila en una mecedora cuya dirección daba hacia la luz lunar a través de una ventana. Sus ojos quietos no dieron señal de vida.

La niña por primera vez sintió un enorme vacío en el pecho. Pasó más de una semana tratando de pensar que haría tan sola. Tras largas cavilaciones llegó a la conclusión de formar una nación de personas iguales a ella. Así que fabricó un propulsor de cohetes y en él colocó algunas botellas cuyas ideas nadaban a sus anchas bajo los límites cristalinos.

¡Pum! Salió una botella disparada al vacío. Hermosas llamas azules, verdes y rojas adornaban el cielo nocturno. Turistas y marineros vecinos observaban con atención aquellas ideas resplandecientes.

Hubo quien al ver las manifestaciones y las teorías pragmáticas tan elaboradas le evocaban bostezos y torcían la nariz de lo anticuado que le resultaba todo ello.

Un marinero conservador, famoso aventurero de alta mar, se tapó los ojos al ver tales ultrajes y elaboró una petición al gobierno más cercano de bardear aquella isla para que nadie pudiera ver esas barbaridades.

Los turistas se maravillaban por los hermosos colores pero nadie se imaginó que aquello iba en serio: que la infanta deseaba hallar otros puntos en común, individuos con ideas afines a ella; pero lo único que consiguió fue una nota reposada en el pico de una gaviota. En ella, el vigilante del faro le sugería abandonar toda idea revolucionaria de su cabeza.

“No te gastes más, mi niña, tu tarea es inútil, nadie dejará su cómoda vida para vivir bajo filosofías y constelaciones adversas.”

La niña decepcionada hasta los tuétanos, lanzó al mar cada una de sus botellitas. El cristal acumulado en el agua emanó un arco iris cegador que llegó hasta el otro continente y quedó impregnado en los diarios por dos meses: “Extra… extra… un arco iris gigante nos guía hasta el tesoro perdido… extra.”

Sí, ese tesoro era el conocimiento, pero nadie más podría disfrutarlo. Cansada, la infanta se sentó en la misma mecedora en que halló a su nana plácida y tiesa. Desde ese ángulo la luna parecía más hermosa, profunda, eterna y consoladora.

La misma luna se entristeció al ver a la idealista decadente enfrascada bajo sus propios temores. Abrió la boca y con su canto levantó olas enormes que rozaban el cielo, a su paso recogían las botellas y las aventaban lo más lejos posible.


Años después la primera botella por fin tocó tierra. Un joven que pasaba por ahí la tomó y se la llevó a su casa. Vertió el contenido en un plato sopero y pasó varias horas tratando de averiguar qué era aquello que se me movía como gelatina. Desesperado por no encontrarle explicación al líquido movedizo, que a simple vista era espléndido, se bebió todo de un sólo sorbo. Lentamente las ideas contenidas en ese frasco se expandieron a sus anchas sobre los cómodos pliegues del cerebro. Una chispa de luz se encendió y una nueva perspectiva le dio vuelta a su vida.

Poco a poco las botellas llegaron a tierra firme y fueron recogidas por diferentes tipos de personas, quienes de acuerdo a su personalidad le dieron a las ideas un uso particular: Señoras que regaron con ellas sus flores, artistas cuyas creaciones fueron inolvidables años después, científicos que convirtieron el líquido en leyes y teorías, hackers que transformaron las hebras en software, diseñadores que transformaron las ideas en conceptos de imágenes, y mucho más. El mundo sin querer había cambiado.

Un día un aventurero quiso buscar a la creadora de esas botellitas y viajó por mares hasta hallar la isla. Lo que encontró fue un cuarto cuyo techo estaba impregnado de estrellas y una hermosa luna de papel. En medio se mecía una sofisticada silla mecedora, donde una viejita no dejaba de mirar aquella constelación que fue creada por sus propias manos.

La convenció de abandonar la isla con el fin de que comprobar por ella misma aquel mundo confeccionado por sus sueños. Ella salió de la isla con paso lento y en un transporte aerodinámico el aventurero y la idealista viajaron por el mundo.

Una vez que recorrió el mundo y observó como cada una de las ideas embotelladas que creó, sólo por el placer de hacerlo, habían tomado forma y destino, cerró los ojos y comenzó a llorar, luego le dijo al aventurero:

- Yo nunca quise cambiar al mundo ni provocar revoluciones y cambios industriales, mi deseo fue tener unos pocos amigos para no estar sola, como lo he estado tantos y tantos años. A cambio tú me ofreces un mundo elaborado con retazos de mis propios sueños, pensamientos que las teorías de libros y el sistema metodológico del universo tejieron en mi cerebro… Confieso que ver el resultado me provoca un poco de miedo, me percibo en cada una de esas personas y sin embargo ellos aún no saben que existo... ¡Es hermoso, joven, muchas gracias por mostrármelo!

El aventurero le secó las lágrimas a la vieja demiurga y le pidió que de favor le mostrara más, que aún faltaba mucho por hacer para conseguir la paz en el Universo. Pero ella sólo alcanzó a decir:

- Ese camino ya no me corresponde, ahora les toca a los demás crear sus propias botellas para compartir.

- Pero señora, ¿cómo nos deja una tarea tan difícil? Al menos dígame como se fabrican las botellitas ideáticas.

- Es muy sencillo –dijo la vieja ya sin fuerzas- sólo piense, pero piense en serio.

Y al decir esto último, la demiurga ideológica murió al instante, lo que provocó que el aventurero pensara y meditara sobre lo que le habría querido decir. No pudo dormir en dos días, sólo pensaba y pensaba, cuando al fin logró descansar, tuvo el aventurero unos sueños fantásticos que le revelaron la razón de su ser y el núcleo metafísico de su existencia. Al amanecer, cinco botellitas resplandecientes con un líquido gelatinoso de colores lo acompañaban en el buró al lado de su cama.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Mi concepto de realidad


A mí en lo personal me encanta hacer preguntas por todo, creo que más que buscar LA RESPUESTA, y lo digo con mayúsculas porque me refiero a la respuesta del universo, lo que hay que hacer es buscar LA PREGUNTA exacta que nos lleve a esa respuesta en concreto. Por eso es importante ejercitar el dominio de preguntar correctamente.

No creo que existan preguntas tontas, creo que hay preguntas mal formuladas o mal informadas. Así como tampoco existen temas estúpidos o superficiales, sino personas poco profundas que no saben tratar un tema, pero eso sólo es cuestión de tiempo: el abrir la mente y estudiar mucho ayuda bastante.

De hecho debo confesar que si me siento bastante ingenua y un tanto infantil por estar haciendo preguntas, a veces hasta algo tontas, pero también eso es parte de mi personalidad y me agrada. Es interesante descubrir cada día no sólo parte del mundo, sino una parte de ti, que queramos o no, también es un mundo.

Para mí la realidad es el resultado final de pequeñas realidades, que al coincidir dos o tres puntos se fusionan y se conforma una sola con tres variantes, y así si lo multiplicamos por todos los que habitamos el planeta Tierra.

Es decir, la realidad y el mundo tal y como lo concebimos forma sentido sólo y únicamente dentro de nuestra cabeza. Captamos todo lo que nos rodea por medio de los sentidos que emiten el mensaje a nuestro cerebro y concebimos un TODO a partir de ello, fuera de eso, no sabes nada más.

Los seres humanos nos creemos muy inteligentes y la mejor especie que ha existido sobre la faz de la Tierra, pero tal vez nuestro límite de entendimiento sea muy reducido y sólo captemos una tercera parte de lo que hay fuera de nuestro alcance, pero como no lo conocemos, pues no existe.

La única forma que yo conozco de ampliar este límite de entendimiento es abriendo tu mente a nuevas posibilidades, preparándote y estudiando mucho; pero sobretodo, es importante no dar por entendido nada, porque siempre hay más, mucho más. Suena fácil pero no lo es.

Pero ¿qué pasa cuando una persona tiene una idea que no comparte con nadie más? Hay que aclarar que aunque el mundo esté conformado por un número infinito de posibilidades y que como dice el dicho: “Cada cabeza es un mundo”, también es cierto que existen ciertos puntos de coincidencia, si no fuera así, no habría ni siquiera comunidades o grupos. El problema viene cuando una persona no encuentra su coincidencia. Cuando se da este caso puede hacer dos cosas: Lanzar su idea al aire para ver si alguien la capta y poder así interactuar con esa persona, o buscar y estudiar para ver si en el pasado alguien ya había pensado en esa piedrita que te está lastimando.

No importa cuál de las dos formas se elija, lo importante es buscar coincidencias, porque como dije, la realidad es un conjunto de realidades, y si no llegas a convencer a nadie entonces tu idea desaparecerá, porque de nada sirve en la cabeza de un sólo individuo. Si un señor insiste en que en el marco de su ventana aparece a las tres un unicornio azul, y nadie le cree, entonces no existe, probablemente lo tachen de loco y el hombre en cuestión termine convenciéndose a sí mismo de que en realidad nunca vio nada.

Cuando una persona se guarda sus secretos o se queda con sus ideas para él solo; cuando una persona es terca y no le interesa esforzarse por comprender la forma de vida de alguien más; cuando una persona siente que no tiene que compartir, cuando eso pasa, a mí en lo personal me da mucho coraje. Porque no contribuyen a la formación del Universo, no se dan cuenta que cada uno de nosotros somos un grano que conforma toda una isla, y esta a su vez un país y a su vez un planeta.

Estoy convencida de que todos tenemos algo que decir, aportar o comunicar; pero definitivamente no todos sabemos cómo. Y en este sentido no hay mucho que discutir, pues existen millones de formas con las cuáles contamos para poner nuestro grano de arena. Algunos lo harán por medio del arte, otros por medio de su trabajo, otros al educar a sus hijos, otros dando oportunidades a quienes lo necesitan, en fin, no sólo se trata de usar la vía de la comunicación oral o escrita. Lo que sí, es que aquello que uno decida ejercer para contribuir a la creación del Universo, debe hacerse con responsabilidad y profesionalismo.

A veces nos esforzamos demasiado en dar a conocer nuestro mensaje y al no hallar respuesta o quién te entienda puede llegar a frustrarnos un poco; pero bueno, tú lanzas la moneda al aire, quien lo capte o si se cae ya no es responsabilidad de uno. Tampoco es factible estar preocupándose todo el tiempo y acabándose por que sientes que nadie te comprende. Como dije, en algún lugar debe haber otro punto de coincidencia. De todas formas, uno lanza sus moneditas discretamente y vas dejando un caminito, alguien en algún punto del tiempo tomará una monedita y le servirá para construir otro camino, de esta forma también colaboras con el crecimiento de la humanidad.

lunes, 17 de agosto de 2009

Manifiesto del Surrealismo (Parte 5)


Insisto en que no todos son siempre surrealistas, por cuanto advierto en cada uno de ellos cierto número de ideas preconcebidas a las que, muy ingenuamente, permanecen fieles. Mantenían esta fidelidad debido a que no habían escuchado la voz surrealista, esa voz que sigue predicando en vísperas de la muerte, por encima de las tormentas, y no la escucharon porque no querían servir únicamente para orquestar la maravillosa partitura. Fueron instrumentos demasiado orgullosos, y por eso jamás produjeron ni un sonido armonioso.

Pero nosotros, que no nos hemos entregado jamás a la tarea de mediatización, nosotros que en nuestras obras nos hemos convertido en los sordos receptáculos de tantos ecos, en los modestos aparatos registradores que no quedan hipnotizados por aquello que registran, nosotros quizá estemos al servido de una causa todavía más noble. Nosotros devolvemos con honradez el «talento» que nos ha sido prestado. Si os atrevéis, habladme del talento de aquel metro de platino, de aquel espejo, de aquella puerta, o del cielo. Nosotros no tenemos talento. Preguntádselo a Philippe Soupault:

Las manufacturas anatómicas y las habitaciones baratas destruirán las más altas ciudades.
A Roger Vitrac:


Apenas hube invocado al mármol-almirante, éste dio media vuelta sobre sí mismo como un caballo que se encabrita ante la Estrella Polar, y me indicó en el plano de su bicornio una región en la que debía pasar el resto de mis días.

A Paul Eluard:

Es una historia muy conocida esa que cuento, es poema muy célebre ese que releo: estoy apoyado en un muro, verdeantes las orejas, y calcinados los labios.

A Max Morise:

El oso de las cavernas y su compañero el alcaraván, la veleta y su valet el viento, el gran Canciller con sus cancelas, el espantapájaros y su cerco de pájaros, la balanza y su hija el fiel, ese carnicero y su hermano el carnaval, el barrendero y su monóculo, el Mississipi y su perrito, el coral y su cántara de leche, el milagro y su buen Dios, ya no tienen más remedio que desaparecer de la faz del mar.

A Joseph Delteil:
¡Sí! Creo en la virtud de los pájaros. Y basta una pluma para hacerme morir de risa.

A Louis Aragon:

Durante una interrupción del partido, mientras los jugadores se reunían alrededor de una jarra de llameante ponche, pregunté al árbol si aún conservaba su cinta roja.

Y yo mismo, que no he podido evitar el escribir las líneas locas y serpenteantes de este prefacio.

Preguntad a Robert Desnos, quien quizá sea el que, en nuestro grupo, está más cerca de la verdad surrealista, quien, en sus obras todavía inéditas (14) y en el curso de las múltiples experiencias a que se ha sometido, ha justificado plenamente las esperanzas que puse en el surrealismo, y me ha inducido a esperar aún más de él. En la actualidad, Desnos habla en surrealista cuando le da la gana. La prodigiosa agilidad con que sigue oralmente su pensamiento nos admira tanto cuanto nos complacen sus espléndidos discursos, discursos que se pierden porque Desnos, en vez de fijarlos, prefiere hacer otras cosas más importantes. Desnos lee en sí mismo como en un libro abierto, y no se preocupa de retener las hojas que el viento de su vida se lleva.
SECRETOS DEL ARTE MÁGICO DEL SURREALISMO
Composición surrealista escrita, o primer y último chorro

Ordenad que os traigan recado de escribir, después de haberos situado en un lugar que sea lo más propicio posible a la concentración de vuestro espíritu, al repliegue de vuestro espíritu sobre sí mismo. Entrad en el estado más pasivo, o receptivo, de que seáis capaces. Prescindid de vuestro genio, de vuestro talento, y del genio y el talento de los demás. Decíos hasta empaparos de ello que la literatura es uno de los más tristes caminos que llevan a todas partes. Escribid deprisa, sin tema preconcebido, escribid lo suficientemente deprisa para no poder refrenaros, y para no tener la tentación de leer lo escrito. La primera frase se os ocurrirá por sí misma, ya que en cada segundo que pasa hay una frase, extraña a nuestro pensamiento consciente, que desea exteriorizarse. Resulta muy difícil pronunciarse con respecto a la frase inmediata siguiente; esta frase participa, sin duda, de nuestra actividad consciente y de la otra, al mismo tiempo, si es que reconocemos que el hecho de haber escrito la primera produce un mínimo de percepción. Pero eso, poco ha de importaros; ahí es donde radica, en su mayor parte, el interés del juego surrealista. No cabe la menor duda de que la puntuación siempre se opone a la continuidad absoluta del fluir de que estamos hablando, pese a que parece tan necesaria como la distribución de los nudos en una cuerda vibrante. Seguid escribiendo cuanto queráis. Confiad en la naturaleza inagotable del murmullo. Si el silencio amenaza, debido a que habéis cometido una falta, falta que podemos llamar «falta de inatención», interrumpid sin la menor vacilación la frase demasiado clara. A continuación de la palabra que os parezca de origen sospechoso poned una letra cualquiera, la letra l, por ejemplo, siempre la 1, y al imponer esta inicial a la palabra siguiente conseguiréis que de nuevo vuelva a imperar la arbitrariedad.

Para no aburrirse en sociedad

Eso es muy difícil. Haced decir siempre que no estáis en casa para nadie, y alguna que otra vez, cuando nadie haya hecho caso omiso de la comunicación antedicha, y os interrumpa en plena actividad surrealista, cruzad los brazos, y decid: «Igual da, sin duda es mucho mejor hacer o no hacer. El interés por la vida carece de base. Simplicidad, lo que ocurre en mi interior sigue siéndome inoportuno.» 0 cualquier otra trivialidad igualmente indignante.



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lunes, 10 de agosto de 2009

Manifiesto del Surrealismo (Parte 4)


Se cuenta que todos los días, en el momento de disponerse a dormir, Saint-Pol-Roux hacía colocar en la puerta de su mansión de Camaret un cartel en el que se leía: EL POETA TRABAJA.

Habría mucho más que añadir sobre este tema, pero tan sólo me he propuesto tocarlo ligeramente y de pasada, ya que se trata de algo que requiere una exposición muy larga y mucho más rigurosa; más adelante volveré a ocuparme de él. En la presente ocasión, he escrito con el propósito de hacer justicia a lo maravilloso, de situar en su justo contexto este odio hacia lo maravilloso que ciertos hombres padecen, este ridículo que algunos pretenden atribuir a lo maravilloso. Digámoslo claramente: lo maravilloso es siempre bello, todo lo maravilloso, sea lo que fuere, es bello, e incluso debemos decir que solamente lo maravilloso es bello.

En el ámbito de la literatura únicamente lo maravilloso puede dar vida a las obras pertenecientes a géneros inferiores, tal como el novelístico, y, en general, todos los que se sirven de la anécdota. El monje, de Lewis, constituye una admirable demostración de lo anterior. El soplo de lo maravilloso penetra la obra entera. Mucho antes de que el autor haya liberado a sus personajes de toda servidumbre temporal, se nota que están prestos a actuar con su orgullo carente de precedentes. Aquella pasión de eternidad que les eleva incesantemente da acentos inolvidables a su tortura y a la mía. A mi entender, este libro exalta ante todo, desde el principio al fin, y de la manera más pura que jamás se haya dado, cuanto en el espíritu aspira a elevarse del suelo; y esta obra, una vez una vez despojada de su fabulación novelesca, de moda en la época en que fue escrita, constituye un ejemplo de justeza y de inocente grandeza (5). A mi juicio pocas son las obras que la superan, y el personaje de Mathilde, en especial, es la creación más conmovedora que cabe anotar en las partidas del activo de aquella moda de figuración en literatura. Mathilde no es tanto un personaje cuanto una constante tentación. Y si un personaje no es una tentación, ¿qué otra cosa puede ser? Extremada tentación la de Mathilde. El principio «nada es imposible para quien quiere arriesgarse» tiene en El monje su máxima fuerza de convicción. Las apariciones ejercen en esta obra una función lógica, por cuanto el espíritu crítico no se preocupa de desmentirlas. Del mismo modo, el castigo de Ambrosio queda tratado de manera plenamente legítima, ya que a fin de cuentas es aceptado por el espíritu crítico como un desenlace natural.

Quizá parezca injustificado que haya empleado el anterior ejemplo, al referirme a lo maravilloso, cuando las literaturas nórdicas y las orientales se han servido de él constantemente, por no hablar ya de las literaturas propiamente religiosas de todos los países. Sin embargo, si así lo he hecho, ello se debe a que los ejemplos que estas literaturas hubieran podido proporcionarme están plagados de puerilidades, ya que se dirigen a niños. En un principio, éstos no pueden percibir lo maravilloso, y, después, no conservan la suficiente virginidad espiritual para que Piel de Asno les produzca demasiado placer. Por encantadores que sean los cuentos de hadas, el hombre se sentiría frustrado si tuviera que alimentarse sólo con ellos, y, por otra parte, reconozco que no todos los cuentos de hadas son adecuados para los adultos. La trama de adorables inverosimilitudes exige una mayor finura espiritual que la propia de muchos adultos, y uno ha de ser capaz de esperar todavía mayores locuras... Pero la sensibilidad jamás cambia radicalmente. El miedo, la atracción sentida hacia lo insólito, el azar, el amor al lujo, son recursos que nunca se utilizarán estérilmente. Hay muchos cuentos que escribir con destino a los mayores, cuentos que todavía son casi azules.

Lo maravilloso no siempre es igual en todas las épocas; lo maravilloso participa oscuramente de cierta clase de revelación general de la que tan sólo percibimos los detalles: éstos son las ruinas románticas, el maniquí moderno, o cualquier otro símbolo susceptible de conmover la sensibilidad humana durante cierto tiempo. Sin embargo, en estos cuadros que nos hacen sonreír se refleja siempre la irremediable inquietud humana, y por esto he fijado mi atención en ellos, ya que los estimo inseparablemente unidos a ciertas producciones geniales que están más dolorosamente influenciadas por aquella inquietud que muchas otras obras. Y al decirlo, pienso en los patíbulos de Villon, en los griegos de Racine, en los divanes de Baudelaire. Coinciden con un eclipse del buen gusto que soportar muy bien, por cuanto considero que el buen gusto es una formidable lacra. En el ambiente de mal gusto propio de mi época, me esfuerzo en llegar lejos que cualquier otro. Si hubiese vivido en 1820 yo hubiera hablado de la «ensangrentada monja», y no hubiera ahorrado aquel astuto y trivial «disimulemos» de que habla el Cuisin enamorado de la parodia, y yo hubiese utilizado las gigantescas metáforas en todas las fases, tal como Cuisin dice, del curso del «disco, plateado». En los presentes días pienso en un castillo, la mitad del cual no ha de encontrarse forzosamente en ruinas; este castillo es mío, y le veo situado en un lugar agreste, no muy lejos de París. Las dependencias de este castillo son infinitas, y su interior ha sido terriblemente restaurado, de modo que no deja nada que desear en cuanto se refiere a comodidades. Ante la puerta que las sombras de los árboles ocultan, hay automóviles que esperan. Algunos de mis amigos viven en él: ahí va Louis Aragón, que abandona el castillo y apenas tiene tiempo para deciros adiós; Philippe Soupault se levanta con las estrellas, y Paul Eluard, nuestro gran Eluard, todavía no ha regresado. Ahí están Robert Desnos y Roger Vitrac, que descifran en el parque un viejo edicto sobre los duelos; y Georges Auric y Jean Paulhan; Max Morise, quien tan bien rema, y Benjamin Péret, con sus ecuaciones de pájaros; y Joseph Delteil; y Jean Carrive; y Georges Limbour, y Georges Limbour (hay un bosque de Georges Limbour); y Marcel Noll; he ahí a T. Fraenkel, quien nos saludó desde un globo cautivo, Georges Malkine, Antonin Artaud, Francis Gérard, Pierre Naville, J.-A. Boiffard, después Jacques Baron y su hermano, apuestos y cordiales, y tantos otros, y mujeres de arrebatadora belleza, de verdad. A esa gente joven nada se le puede negar, y, en cuanto concierne a la riqueza, sus deseos son órdenes. Francis Picabia nos visita, y, la semana pasada, hemos dado una recepción a un tal Marcel Duchamp, a quien todavía no conocíamos. Picasso caza por los alrededores. El espíritu de la desmoralización ha fijado su domicilio en el castillo, y a él recurrimos todas las veces que tenemos que entrar en relación con nuestros semejantes, pero las puertas están siempre abiertas, y no comenzamos nuestras relaciones dando las gracias al prójimo, ¿saben ustedes? Por lo demás, grande es la soledad, y no nos reunimos con frecuencia, porque, ¿acaso lo esencial no es que seamos dueños de nosotros mismos, y, también, señores de las mujeres y del amor?

Se me acusará de incurrir en mentiras poéticas; todos dirán que vivo en la calle Fontaine, y que jamás gozarán de tanta belleza. ¡Maldita sea! ¿Es absolutamente seguro que este castillo del que acabo de hacer los honores se reduce simplemente a una imagen? Pero, si a pesar de todo tal castillo existiera... Ahí están más invitados para dar fe; su capricho es el camino luminoso que a él conduce. En verdad, vivimos en nuestra fantasía, cuando estamos en ella. ¿Y cómo es posible que cada cual pueda molestar al otro, allí, protegidos dos por el afán sentimental, al encuentro de las ocasiones?

El hombre propone y dispone. Tan sólo de él depende poseerse por entero, es decir, mantener en estado de anarquía la cuadrilla de sus deseos, de día en día más temible. Y esto se lo enseña la poesía. La lleva en sí la perfecta compensación de las miserias que padecemos. Y también puede actuar como ordenadora, por poco que uno se preocupe, bajo los efectos de una decepción menos íntima, de tomársela a lo trágico. ¡Se acercan los tiempos en que la poesía decretará la muerte del dinero, y ella sola romperá en pan del cielo para la tierra! Habrá aún asambleas en las plazas públicas, y movimientos en los que uno habría pensado en tomar parte. ¡Adiós absurdas selecciones, sueños de vorágine, rivalidades, largas esperas, fuga de las estaciones, artificial orden de las ideas, pendiente del peligro, tiempo omnipresente! Preocupémonos tan sólo de practicar la poesía. ¿Acaso no somos nosotros, los que ya vivimos de la poesía, quienes debemos hacer prevalecer aquello que consideramos nuestra más vasta argumentación?

Poco importa que se dé cierta desproporción entre la anterior defensa y la ilustración que viene a continuación. Antes, hemos intentado remontarnos a las fuentes de la imaginación poética, y, lo que es más difícil todavía, quedarnos en ellas. Y conste que no pretendo haberlo logrado. Es preciso aceptar una gran responsabilidad, si uno pretende establecerse en aquellas lejanas regiones en las que, desde un principio, todo parece desarrollarse de tan mala manera, y más todavía si uno pretende llevar al prójimo a ellas. De todos modos, el caso es que uno nunca está seguro de hallarse verdaderamente en ellas. Uno siempre está tan propicio a aburrirse como a irse a otro lugar y quedarse en él. Siempre hay una flecha que indica la dirección en que hay que avanzar para llegar a estos países, y alcanzar la verdadera meta no depende más que del buen ánimo del viajero.

Notas:
(5) Lo más admirable de lo fantástico es que lo fantástico ha dejado de existir. Ahora sólo existe realidad.



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viernes, 7 de agosto de 2009

Manifiesto del Surrealismo (Parte 3)


Se cuenta que todos los días, en el momento de disponerse a dormir, Saint-Pol-Roux hacía colocar en la puerta de su mansión de Camaret un cartel en el que se leía: EL POETA TRABAJA.

Habría mucho más que añadir sobre este tema, pero tan sólo me he propuesto tocarlo ligeramente y de pasada, ya que se trata de algo que requiere una exposición muy larga y mucho más rigurosa; más adelante volveré a ocuparme de él. En la presente ocasión, he escrito con el propósito de hacer justicia a lo maravilloso, de situar en su justo contexto este odio hacia lo maravilloso que ciertos hombres padecen, este ridículo que algunos pretenden atribuir a lo maravilloso. Digámoslo claramente: lo maravilloso es siempre bello, todo lo maravilloso, sea lo que fuere, es bello, e incluso debemos decir que solamente lo maravilloso es bello.

En el ámbito de la literatura únicamente lo maravilloso puede dar vida a las obras pertenecientes a géneros inferiores, tal como el novelístico, y, en general, todos los que se sirven de la anécdota. El monje, de Lewis, constituye una admirable demostración de lo anterior. El soplo de lo maravilloso penetra la obra entera. Mucho antes de que el autor haya liberado a sus personajes de toda servidumbre temporal, se nota que están prestos a actuar con su orgullo carente de precedentes. Aquella pasión de eternidad que les eleva incesantemente da acentos inolvidables a su tortura y a la mía. A mi entender, este libro exalta ante todo, desde el principio al fin, y de la manera más pura que jamás se haya dado, cuanto en el espíritu aspira a elevarse del suelo; y esta obra, una vez una vez despojada de su fabulación novelesca, de moda en la época en que fue escrita, constituye un ejemplo de justeza y de inocente grandeza (5). A mi juicio pocas son las obras que la superan, y el personaje de Mathilde, en especial, es la creación más conmovedora que cabe anotar en las partidas del activo de aquella moda de figuración en literatura. Mathilde no es tanto un personaje cuanto una constante tentación. Y si un personaje no es una tentación, ¿qué otra cosa puede ser? Extremada tentación la de Mathilde. El principio «nada es imposible para quien quiere arriesgarse» tiene en El monje su máxima fuerza de convicción. Las apariciones ejercen en esta obra una función lógica, por cuanto el espíritu crítico no se preocupa de desmentirlas. Del mismo modo, el castigo de Ambrosio queda tratado de manera plenamente legítima, ya que a fin de cuentas es aceptado por el espíritu crítico como un desenlace natural.

Quizá parezca injustificado que haya empleado el anterior ejemplo, al referirme a lo maravilloso, cuando las literaturas nórdicas y las orientales se han servido de él constantemente, por no hablar ya de las literaturas propiamente religiosas de todos los países. Sin embargo, si así lo he hecho, ello se debe a que los ejemplos que estas literaturas hubieran podido proporcionarme están plagados de puerilidades, ya que se dirigen a niños. En un principio, éstos no pueden percibir lo maravilloso, y, después, no conservan la suficiente virginidad espiritual para que Piel de Asno les produzca demasiado placer. Por encantadores que sean los cuentos de hadas, el hombre se sentiría frustrado si tuviera que alimentarse sólo con ellos, y, por otra parte, reconozco que no todos los cuentos de hadas son adecuados para los adultos. La trama de adorables inverosimilitudes exige una mayor finura espiritual que la propia de muchos adultos, y uno ha de ser capaz de esperar todavía mayores locuras... Pero la sensibilidad jamás cambia radicalmente. El miedo, la atracción sentida hacia lo insólito, el azar, el amor al lujo, son recursos que nunca se utilizarán estérilmente. Hay muchos cuentos que escribir con destino a los mayores, cuentos que todavía son casi azules.

Lo maravilloso no siempre es igual en todas las épocas; lo maravilloso participa oscuramente de cierta clase de revelación general de la que tan sólo percibimos los detalles: éstos son las ruinas románticas, el maniquí moderno, o cualquier otro símbolo susceptible de conmover la sensibilidad humana durante cierto tiempo. Sin embargo, en estos cuadros que nos hacen sonreír se refleja siempre la irremediable inquietud humana, y por esto he fijado mi atención en ellos, ya que los estimo inseparablemente unidos a ciertas producciones geniales que están más dolorosamente influenciadas por aquella inquietud que muchas otras obras. Y al decirlo, pienso en los patíbulos de Villon, en los griegos de Racine, en los divanes de Baudelaire. Coinciden con un eclipse del buen gusto que soportar muy bien, por cuanto considero que el buen gusto es una formidable lacra. En el ambiente de mal gusto propio de mi época, me esfuerzo en llegar lejos que cualquier otro. Si hubiese vivido en 1820 yo hubiera hablado de la «ensangrentada monja», y no hubiera ahorrado aquel astuto y trivial «disimulemos» de que habla el Cuisin enamorado de la parodia, y yo hubiese utilizado las gigantescas metáforas en todas las fases, tal como Cuisin dice, del curso del «disco, plateado». En los presentes días pienso en un castillo, la mitad del cual no ha de encontrarse forzosamente en ruinas; este castillo es mío, y le veo situado en un lugar agreste, no muy lejos de París. Las dependencias de este castillo son infinitas, y su interior ha sido terriblemente restaurado, de modo que no deja nada que desear en cuanto se refiere a comodidades. Ante la puerta que las sombras de los árboles ocultan, hay automóviles que esperan. Algunos de mis amigos viven en él: ahí va Louis Aragón, que abandona el castillo y apenas tiene tiempo para deciros adiós; Philippe Soupault se levanta con las estrellas, y Paul Eluard, nuestro gran Eluard, todavía no ha regresado. Ahí están Robert Desnos y Roger Vitrac, que descifran en el parque un viejo edicto sobre los duelos; y Georges Auric y Jean Paulhan; Max Morise, quien tan bien rema, y Benjamin Péret, con sus ecuaciones de pájaros; y Joseph Delteil; y Jean Carrive; y Georges Limbour, y Georges Limbour (hay un bosque de Georges Limbour); y Marcel Noll; he ahí a T. Fraenkel, quien nos saludó desde un globo cautivo, Georges Malkine, Antonin Artaud, Francis Gérard, Pierre Naville, J.-A. Boiffard, después Jacques Baron y su hermano, apuestos y cordiales, y tantos otros, y mujeres de arrebatadora belleza, de verdad. A esa gente joven nada se le puede negar, y, en cuanto concierne a la riqueza, sus deseos son órdenes. Francis Picabia nos visita, y, la semana pasada, hemos dado una recepción a un tal Marcel Duchamp, a quien todavía no conocíamos. Picasso caza por los alrededores. El espíritu de la desmoralización ha fijado su domicilio en el castillo, y a él recurrimos todas las veces que tenemos que entrar en relación con nuestros semejantes, pero las puertas están siempre abiertas, y no comenzamos nuestras relaciones dando las gracias al prójimo, ¿saben ustedes? Por lo demás, grande es la soledad, y no nos reunimos con frecuencia, porque, ¿acaso lo esencial no es que seamos dueños de nosotros mismos, y, también, señores de las mujeres y del amor?



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miércoles, 5 de agosto de 2009

Manifiesto del Surrealismo (Parte 2)


André Bretón


No estoy dispuesto a admitir que la inteligencia se ocupe, siquiera de paso, de semejantes temas. Habrá quien diga que esta parvularia descripción está en el lugar que le corresponde, y que en este punto de la obra el autor tenía sus razones para atormentarme. Pero no por eso dejó de perder el tiempo, porque yo en ningún momento he penetrado en tal estancia. La pereza, la fatiga de los demás no me atraen. Creo que la continuidad de la vida ofrece altibajos demasiado contrastados para que mis minutos de depresión y de debilidad tengan el mismo valor que mis mejores minutos. Quiero que la gente se calle tan pronto deje de sentir. Y quede bien claro que no ataco la falta de originalidad por la falta de originalidad. Me he limitado a decir que no dejo constancia de los momentos nulos de mi vida, y que me parece indigno que haya hombres que expresen los momentos que a su juicio son nulos. Permitidme que me salte la descripción arriba reproducida, así como muchas otras.

Y ahora llegamos a la psicología, tema sobre el que no tendré el menor empacho en bromear un poco.

El autor coge un personaje, y, tras haberlo descrito, hace peregrinar a su héroe a lo largo y ancho del mundo. Pase lo que pase, dicho héroe, cuyas acciones y reacciones han sido admirablemente previstas, no debe comportarse de un modo que discrepe, pese a revestir apariencias de discrepancia, de los cálculos de que ha sido objeto. Aunque el oleaje de la vida cause la impresión de elevar al personaje, de revolcarlo, de hundirlo, el personaje siempre será aquel tipo humano previamente formado. Se trata de una simple partida de ajedrez que no despierta mi interés, porque el hombre, sea quien sea, me resulta un adversario de escaso valor. Lo que no puedo soportar son esas lamentables disquisiciones referentes a tal o mal jugada, cuando ello no comporta ganar ni perder. Y si el viaje no merece las alforjas, si la razón objetiva deja en el más terrible abandono -y esto es lo que ocurre- a quien la llama en su ayuda, ¿no será mejor prescindir de tales disquisiciones? «La diversidad es tan amplia que en ella caben todos los tonos de voz, todos los modos de andar, de toser, de sonarse, de estornudar...»(2) Si un racimo de uvas no contiene dos granos semejantes, ¿a santo de qué describir un grano en representación de otro, un grano en representación de todos, un grano que, en virtud de mi arte, resulte comestible? La insoportable manía de equiparar lo desconocido a lo conocido, a lo clasificable, domina los cerebros. El deseo de análisis impera sobre los sentimientos(3). De ahí nacen largas exposiciones cuya fuerza persuasiva radica tan sólo en su propio absurdo, y que tan sólo logran imponerse al lector, mediante el recurso a un vocabulario abstracto, bastante vago, ciertamente. Si con ello resultara que las ideas generales que la filosofía se ha ocupado de estudiar, hasta el presente momento, penetrasen definitivamente en un ámbito más amplio, yo sería el primero en alegrarme. Pero no es así, y todo queda reducido a un simple discreteo; por el momento, los rasgos de ingenio y otras galanas habilidades, en vez de dedicarse a juegos inocuos consigo mismas, ocultan a nuestra visión, en la mayoría de los casos, el verdadero pensamiento que, a su vez, se busca a sí mismo. Creo que todo acto lleva en sí su propia justificación, por lo menos en cuanto respecta a quien ha sido capaz de ejecutarlo; creo que todo acto está dotado de un poder de irradiación de luz al que cualquier glosa, por ligera que sea, siempre debilitará. El solo hecho de que un acto sea glosado determina que, en cierto modo, este acto deje de producirse. El adorno del comentario ningún beneficio produce al acto. Los personajes de Stendhal quedan aplastados por las apreciaciones del autor, apreciaciones más o menos acertadas pero que en nada contribuyen a la mayor gloria de los personajes, a quienes verdaderamente descubrimos en el instante en que escapan del poder de Stendhal.

Todavía vivimos bajo el imperio de la lógica, y precisamente a eso quería llegar. Sin embargo, en nuestros días, los procedimientos lógicos tan sólo se aplican a la resolución de problemas de interés secundario. La parte de racionalismo absoluto que todavía solamente puede aplicarse a hechos estrechamente ligados a nuestra experiencia. Contrariamente, las finalidades de orden puramente lógico quedan fuera de su alcance. Huelga decir que la propia experiencia se ha visto sometida a ciertas limitaciones. La experiencia está confinada en una jaula, en cuyo interior da vueltas y vueltas sobre sí misma, y de la que cada vez es más difícil hacerla salir. La lógica también, se basa en la utilidad inmediata, y queda protegida por el sentido común. So pretexto de civilización, con la excusa del progreso, se ha llegado a desterrar del reino del espíritu cuanto pueda clasificarse, con razón o sin ella, de superstición o quimera; se ha llegado a proscribir todos aquellos modos de investigación que no se conformen con los imperantes. Al parecer, tan sólo al azar se debe que recientemente se haya descubierto una parte del mundo intelectual, que, a mi juicio, es, con mucho, la más importante y que se pretendía relegar al olvido. A este respecto, debemos reconocer que los descubrimientos de Freud han sido de decisiva importancia. Con base en dichos descubrimientos, comienza al fin a perfilarse una corriente de opinión, a cuyo favor podrá el explorador avanzar y llevar sus investigaciones a más lejanos territorios, al quedar autorizado a dejar de limitarse únicamente a las realidades más someras. Quizá haya llegado el momento en que la imaginación esté próxima a volver a ejercer los derechos que le corresponden.

Si las profundidades de nuestro espíritu ocultan extrañas fuerzas capaces de aumentar aquellas que se advierten en la superficie, o de luchar victoriosamente contra ellas, es del mayor interés captar estas fuerzas, captarlas ante todo para, a continuación, someterlas al dominio de nuestra razón, si es que resulta procedente. Con ello, incluso los propios analistas no obtendrán sino ventajas. Pero es conveniente observar que no se ha ideado a priori ningún método para llevar a cabo la anterior empresa, la cual, mientras no se demuestre lo contrario, puede ser competencia de los poetas al igual que de los sabios, y que el éxito no depende de los caminos más o menos caprichosos que se sigan.

Con toda justificación, Freud ha proyectado su labor crítica sobre los sueños, ya que, efectivamente, es inadmisible que esta importante parte de la actividad psíquica haya merecido, por el momento, tan escasa atención. Y ello es así por cuanto el pensamiento humano, por lo menos desde el instante del nacimiento del hombre hasta el de su muerte, no ofrece solución de continuidad alguna, y la suma total de los momentos de sueño, desde un punto de vista temporal, y considerando solamente el sueño puro, el sueño de los períodos en que el hombre duerme, no es inferior a la suma de los momentos de realidad, o, mejor dicho, de los momentos de vigilia. La extremada diferencia, en cuanto a importancia y gravedad, que para el observador ordinario existe entre los acontecimientos en estado de vigilia y aquellos correspondientes al estado de sueño, siempre ha sido sorprendente. Así es debido a que el hombre se convierte, principalmente cuando deja de dormir, en juguete de su memoria que, en el estado normal, se complace en evocar muy débilmente las circunstancias del sueño, a privar a éste de toda trascendencia actual, y a situar el único punto de referencia del sueño en el instante en que el hombre cree haberlo abandonado, unas cuantas horas antes, en el instante de aquella esperanza o de aquella preocupación anterior. El hombre, al despertar, tiene la falsa idea de emprender algo que vale la pena. Por esto, el sueño queda relegado al interior de un paréntesis, igual que la noche. Y, en general, el sueño, al igual que la noche, se considera irrelevante. Este singular estado de cosas me induce a algunas reflexiones, a mi juicio, oportunas:

  1. Dentro de los límites en que se produce (o se cree que se produce), el sueño es, según todas las apariencias, continuo con trazas de tener una organización o estructura. Únicamente la memoria se irroga el derecho de imponerlas, de no tener en cuenta las transiciones y de ofrecernos antes una serie de sueños que el sueño propiamente dicho. Del mismo modo, únicamente tenemos una representación fragmentaria de las realidades, representación cuya coordinación depende de la voluntad (4). Aquí es importante señalar que nada puede justificar el proceder a una mayor dislocación de los elementos constitutivos del sueño. Lamento tener que expresarme mediante unas fórmulas que, en principio, excluyen el sueño. ¿Cuándo llegará, señores lógicos, la hora de los filósofos durmientes? Quisiera dormir para entregarme a los durmientes, del mismo modo que me entrego a quienes me leen, con los ojos abiertos, para dejar de hacer prevalecer, en esta materia, el ritmo consciente de mi pensamiento. Acaso mi sueño de la última noche sea continuación del sueño de la precedente, y prosiga, la noche siguiente, con un rigor harto plausible. Es muy posible, como suele decirse. Y habida cuenta de que no se ha demostrado en modo alguno que al ocurrir lo antes dicho la «realidad» que me ocupa subsista en el estado de sueño, que esté oscuramente presente en una zona ajena a la memoria, ¿por qué razón no he de otorgar al sueño aquello que a veces niego a la realidad, este valor de certidumbre que, en el tiempo en que se produce, no queda sujeto a mi escepticismo? ¿Por qué no espero de los indicios del sueño más lo que espero de mi grado de conciencia, de día en día más elevado? ¿No cabe acaso emplear también el sueño para resolver los problemas fundamentales de la vida? ¿Estas cuestiones son las mismas tanto en un estado como en el otro, y, en el sueño, tienen ya el carácter de tales cuestiones? ¿Conlleva el sueño menos sanciones que cuanto no sea sueño? Envejezco, y quizá sea sueño, antes que esta realidad a la que creo ser fiel, y quizá sea la indiferencia con que contemplo el sueño lo que me hace envejecer.

  2. Vuelvo, una vez más, al estado de vigilia. Estoy obligado a considerarlo como un fenómeno de interferencia. Y no sólo ocurre que el espíritu da muestras, en estas condiciones, de una extraña tendencia a la desorientación (me refiero a los lapsus y malas interpretaciones de todo género, cuyas causas secretas comienzan a sernos conocidas) sino que, lo que es todavía más, parece que el espíritu, en su funcionamiento normal, se limite a obedecer sugerencias procedentes de aquella noche profunda de la que yo acabo de extraerle. Por muy bien condicionado que esté, el equilibrio del espíritu es siempre relativo. El espíritu apenas se atreve a expresarse y, caso de que lo haga, se limita a constatar que tal idea, tal mujer, le hace efecto. Es incapaz de expresar de qué clase de efecto se trata, lo cual únicamente sirve para darnos la medida de su subjetivismo. Aquella idea, aquella mujer, conturban al espíritu, le inclinan a no ser tan rígido, producen el efecto de aislarle durante un segundo del disolvente en que se encuentra sumergido, de depositarle en el cielo, de convertirle en el bello precipitado que puede llegar a ser, en el bello precipitado que es. Carente de esperanzas de hallar las causas de lo anterior, el espíritu recurre al azar, divinidad más oscura que cualquiera otra, a la que atribuye todos sus extravíos. ¿Y quién podrá demostrarme que la luz bajo la que se presenta esa idea que impresiona al espíritu, bajo la que advierte aquello que más ama en los ojos de aquella mujer, no sea precisamente el vínculo que le une al sueño, que le encadena a unos presupuestos básicos que, por su propia culpa, ha olvidado? ¿Y si no fuera así, de qué sería el espíritu capaz? Quisiera entregarle la llave que le permitiera penetrar en estos pasadizos.

  3. El espíritu del hombre que sueña queda plenamente satisfecho con lo que sueña. La angustiante incógnita de la posibilidad deja de formularse. Mata, vuela más de prisa, ama cuanto quieras. Y si mueres, ¿acaso no tienes la certeza de despertar entre los muertos? Déjate llevar, los acontecimientos no toleran que los difieras. Careces de nombre. Todo es de una facilidad preciosa.

  4. Me pregunto qué razón, razón muy superior a la otra, confiere al sueño este aire de naturalidad, y me induce a acoger sin reservas una multitud de episodios cuya rareza me deja anonadado, ahora, en el momento en que escribo. Sin embargo, he de creer el testimonio de mi vista, de mis oídos; aquel día tan hermoso existió, y aquel animal habló.


Notas:

(2) Pascal.

(3) Barrès, Proust.

(4) Es preciso tener en cuenta el espesor del sueño. En general, tan sólo recuerdo lo que hasta mí llega desde las más superficiales capas del sueño. Lo que más me gusta considerar de los sueños es aquello que quede vagamente presente al despertar, aquello que no es el resultado del empleo que haya dado a la jornada precedente, es decir, los sombríos follajes, las ramificaciones sin sentido. Igualmente, en la «realidad» prefiero abandonarme.



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martes, 4 de agosto de 2009

Manifiesto del Surrealismo (Parte 1)


André Bretón

Tanta fe se tiene en la vida, en la vida en su aspecto más precario, en la vida real, naturalmente, que la fe acaba por desaparecer.
El hombre, soñador sin remedio, al sentirse de día en día más descontento de su sino, examina con dolor los objetos que le han enseñado a utilizar, y que ha obtenido al través de su indiferencia o de su interés, casi siempre al través de su interés, ya que ha consentido someterse al trabajo o, por lo menos no se ha negado a aprovechar las oportunidades... ¡Lo que él llama oportunidades! Cuando llega a este momento, el hombre es profundamente modesto: sabe cómo son las mujeres que ha poseído, sabe cómo fueron las risibles aventuras que emprendió, la riqueza y la pobreza nada le importan, y en este aspecto el hombre vuelve a ser como un niño recién nacido; y en cuanto se refiere a la aprobación de su conciencia moral, reconozco que el hombre puede prescindir de ella sin grandes dificultades. Si le queda un poco de lucidez, no tiene más remedio que dirigir la vista hacia atrás, hacia su infancia que siempre le parecerá maravillosa, por mucho que los cuidados de sus educadores la hayan destrozado. En la infancia la ausencia de toda norma conocida ofrece al hombre la perspectiva de múltiples vidas vividas al mismo tiempo; el hombre hace suya esta ilusión; sólo le interesa la facilidad momentánea, extremada, que todas las cosas ofrecen.

Todas las mañanas los niños inician su camino sin inquietudes. Todo está al alcance de la mano, las peores circunstancias materiales parecen excelentes. Luzca el sol o esté negro el cielo, siempre seguiremos adelante, jamás dormiremos. Pero no se llega muy lejos a lo largo de este camino; y no se trata solamente de una cuestión de distancia. Las amenazas se acumulan, se cede, se renuncia a una parte del terreno que se debía conquistar.

Aquella imaginación que no reconocía límite alguno ya no puede ejercerse sino dentro de los límites fijados por las leyes de un utilitarismo convencional; la imaginación no puede cumplir mucho tiempo esta función subordinada, y cuando alcanza aproximadamente la edad de veinte años prefiere, por lo general, abandonar al hombre a su destino de tinieblas.

Pero si más tarde el hombre, fuese por lo que fuere, intenta enmendarse al sentir que poco a poco van desapareciendo todas las razones para vivir, al ver que se ha convertido en un ser incapaz de estar a la altura de una situación excepcional, cual la del amor, difícilmente logrará su propósito. Y ello es así por cuanto el hombre se ha entregado, en cuerpo y alma al imperio de unas necesidades prácticas que no toleran el olvido. Todos los actos del hombre carecerán de altura, todas sus ideas, de profundidad. De todo cuanto le ocurra o cuanto pueda llegar a ocurrirle, el hombre solamente verá aquel aspecto del conocimiento que lo liga a una multitud de acontecimientos parecidos, acontecimientos en los que no ha tomado parte, acontecimientos que se ha perdido. Más aún, el hombre juzgará cuanto le ocurra o pueda ocurrirle poniéndolo en relación con uno de aquellos acontecimientos últimos, cuyas consecuencias sean más tranquilizadoras que las de los demás. Bajo ningún pretexto sabrá percibir su salvación.

Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas.

Únicamente la palabra libertad tiene el poder de exaltarme. Me parece justo y bueno mantener indefinidamente este viejo fanatismo humano. Sin duda alguna, se basa en mi única aspiración legítima. Pese a tantas y tantas desgracias como hemos heredado, es preciso reconocer que se nos ha legado una libertad espiritual suma. A nosotros corresponde utilizarla sabiamente. Reducir la imaginación a la esclavitud, cuando a pesar de todo quedará esclavizada en virtud de aquello que con grosero criterio se denomina felicidad, es despojar a cuanto uno encuentra en lo más hondo de sí mismo del derecho a la suprema justicia. Tan sólo la imaginación me permite llegar a saber lo que puede llegar a ser, y esto basta para mitigar un poco su terrible condena; y esto basta también para que me abandone a ella, sin miedo al engaño (como si pudiéramos engañarnos todavía más). ¿En qué punto comienza la imaginación a ser perniciosa y en qué punto deja de existir la seguridad del espíritu? ¿Para el espíritu, acaso la posibilidad de errar no es sino una contingencia del bien?

Queda la locura, la locura que solemos recluir, como muy bien se ha dicho. Esta locura o la otra... Todos sabemos que los locos son internados en méritos de un reducido número de actos reprobables, y que, en la ausencia de estos actos, su libertad (y la parte visible de su libertad) no sería puesta en tela de juicio. Estoy plenamente dispuesto a reconocer que los locos son, en cierta medida, víctimas de su imaginación, en el sentido que ésta le induce quebrantar ciertas reglas, reglas cuya transgresión define la calidad de loco, lo cual todo ser humano ha de procurar saber por su propio bien. Sin embargo, la profunda indiferencia de los locos dan muestra con respecto a la crítica de que les hacemos objeto, por no hablar ya de las diversas correcciones que les infligimos, permite suponer que su imaginación les proporciona grandes consuelos, que gozan de su delirio lo suficiente para soportar que tan sólo tenga validez para ellos. Y, en realidad, las alucinaciones, las visiones, etcétera, no son una fuente de placer despreciable. La sensualidad más culta goza con ella, y me consta que muchas noches acariciaría con gusto aquella linda mano que, en las últimas páginas de L’Intelligence, de Taine, se entrega a tan curiosas fechorías. Me pasaría la vida entera dedicado a provocar las confidencias de los locos. Son como la gente de escrupulosa honradez, cuya inocencia tan sólo se pude comparar a la mía. Para poder descubrir América, Colón tuvo que iniciar el viaje en compañía de locos. Y ahora podéis ver que aquella locura dio frutos reales y duraderos.

No será el miedo a la locura lo que nos obligue a bajar la bandera de la imaginación.

Después de haber instruido proceso a la actitud materialista, es imperativo instruir proceso a la actitud realista. Aquélla, más poética que ésta, desde luego, presupone en el hombre un orgullo monstruoso, pero no comporta una nueva y más completa frustración. Es conveniente ver ante todo en dicha escuela bienhechora reacción contra ciertas risibles tendencias del espiritualismo. Y, por fin, la actitud materialista no es incompatible con cierta elevación intelectual.

Contrariamente, la actitud realista, inspirada en el positivismo, desde Santo Tomás a Anatole France, me parece hostil a todo género de elevación intelectual y moral. Le tengo horror por considerarla resultado de la mediocridad, del odio, y de vacíos sentimientos de suficiencia. Esta actitud es la que ha engendrado en nuestros días esos libros ridículos y esas obras teatrales insultantes. Se alimenta incesantemente de las noticias periodísticas, y traiciona a la ciencia y al arte, al buscar halagar al público en sus gustos más rastreros; su claridad roza la estulticia, y está a altura perruna. Esta actitud llega a perjudicar la actividad de las mejores inteligencias, ya que la ley del mínimo esfuerzo termina por imponerse a éstas, al igual que a las demás. Una consecuencia agradable de dicho estado de cosas estriba, en el terreno de la literatura, en la abundancia de novelas. Todos ponen a contribución sus pequeñas dotes de «observación». A fin de proceder a aislar los elementos esenciales, M. Paul Valéry propuso recientemente la formación de una antología en la que se reuniera el mayor número posible de novelas primerizas cuya insensatez esperaba alcanzase altas cimas. En esta antología también figurarían obras de los autores más famosos. Esta es una idea que honra a Paul Valéry, quien no hace mucho me aseguraba, en ocasión de hablarme del género novelístico que siempre se negaría a escribir la siguiente frase: la marquesa salió a las cinco. Pero, ¿ha cumplido la palabra dada?

Si reconocemos que el estilo pura y simplemente informativo, del que la frase antes citada constituye un ejemplo, es casi exclusivo patrimonio de la novela, será preciso reconocer también que sus autores no son excesivamente ambiciosos. El carácter circunstanciado, inútilmente particularista de cada una de sus observaciones me induce a sospechar que tan sólo pretenden divertirse a mis expensas. No me permiten tener siquiera la menor duda acerca de los personajes: ¿será este personaje rubio o moreno? ¿Cómo se llamará? ¿Le conoceremos en verano...? Todas estas interrogantes quedan resueltas de una vez para siempre, a la buena de Dios; no me queda más libertad que la de cerrar el libro, de lo cual no suelo privarme tan pronto llego a la primera página de la obra, más o menos. ¡Y las descripciones! En cuanto a vaciedad, nada hay que se les pueda comparar; no son más que superposiciones de imágenes de catálogo, de las que el autor se sirve sin limitación alguna, y aprovecha la ocasión para poner bajo mi vista sus tarjetas postales, buscando que juntamente con él fije mi atención en los lugares comunes que me ofrece:

La pequeña estancia a la que hicieron pasar al joven tenía las paredes cubiertas de papel amarillo; en las ventanas había geranios y estaban cubiertas con cortinillas de muselina, el sol poniente lo iluminaba todo con su luz cruda. En la habitación no había nada digno de ser destacado. Los muebles de madera blanca eran muy viejos. Un diván de alto respaldo inclinado, ante el diván una mesa de tablero ovalado, un lavabo y un espejo adosados a un entrepaño, unas cuantas sillas arrimadas a las paredes, dos o tres grabados sin valor que representaban a unas señoritas alemanas con pájaros en las manos... A eso se reducía el mobiliario.(1)


Notas:

(1) Dostoiewsky: Crimen y castigo.


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