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jueves, 17 de septiembre de 2009

Ideoteca expandida


En una solitaria isla existió un laboratorio equipado con todo aquello que una pequeña niña puede necesitar. Bajo las instrucciones de su nana, la niña tenía los estantes y las mesas de trabajo bien limpiecitos. Los libros estaban formados de acuerdo a su color y tamaño. Los químicos y objetos filosos permanecían dentro de sus cajones asignados.

En su recámara, guardaba bajo llave la computadora central donde a través de la red se comunicaba con el resto del mundo para buscar las actualizaciones más novedosas y almacenaba los últimos conocimientos científicos, literarios y filosóficos.

Todos los días leía al menos tres libros completos y escribía formulas matemáticas en un pizarrón hecho especialmente para ella. Tanto conocimiento le producía una infinidad de ideas utópicas que se concentraban en su pequeña cabecita.

Para evitar colapsos, en las noches prendía un aparatito que le permitía extraer las ideas que producían sus sueños. Al otro día guardaba esas ideas en botellitas catalogadas de acuerdo al grosor, color y largo de cada una de esas hebras oníricas.

Las botellitas se fueron acumulando hasta formar una enorme Ideoteca. La conformaban largos pasillos que abarcaban desde descubrimientos gastronómicos hasta conspiraciones cósmicas.

Una mañana la infanta despertó sedienta. Mandó llamar a la nana, pero ésta nunca apareció. Después de tanto gastar sus pulmoncitos, se puso las pantunflas y soñolienta caminó hasta la cocina. Avanzó por los largos corredores cuyos estantes estaban repletos de botellitas de diferentes colores. La respiración de la pequeña rebotaba en las paredes y el eco le golpeaba las orejas con brusquedad.

Después de tanto caminar llegó a la cocina y se encontró frente a frente con su nana, pero ésta no la veía. Descansaba tranquila en una mecedora cuya dirección daba hacia la luz lunar a través de una ventana. Sus ojos quietos no dieron señal de vida.

La niña por primera vez sintió un enorme vacío en el pecho. Pasó más de una semana tratando de pensar que haría tan sola. Tras largas cavilaciones llegó a la conclusión de formar una nación de personas iguales a ella. Así que fabricó un propulsor de cohetes y en él colocó algunas botellas cuyas ideas nadaban a sus anchas bajo los límites cristalinos.

¡Pum! Salió una botella disparada al vacío. Hermosas llamas azules, verdes y rojas adornaban el cielo nocturno. Turistas y marineros vecinos observaban con atención aquellas ideas resplandecientes.

Hubo quien al ver las manifestaciones y las teorías pragmáticas tan elaboradas le evocaban bostezos y torcían la nariz de lo anticuado que le resultaba todo ello.

Un marinero conservador, famoso aventurero de alta mar, se tapó los ojos al ver tales ultrajes y elaboró una petición al gobierno más cercano de bardear aquella isla para que nadie pudiera ver esas barbaridades.

Los turistas se maravillaban por los hermosos colores pero nadie se imaginó que aquello iba en serio: que la infanta deseaba hallar otros puntos en común, individuos con ideas afines a ella; pero lo único que consiguió fue una nota reposada en el pico de una gaviota. En ella, el vigilante del faro le sugería abandonar toda idea revolucionaria de su cabeza.

“No te gastes más, mi niña, tu tarea es inútil, nadie dejará su cómoda vida para vivir bajo filosofías y constelaciones adversas.”

La niña decepcionada hasta los tuétanos, lanzó al mar cada una de sus botellitas. El cristal acumulado en el agua emanó un arco iris cegador que llegó hasta el otro continente y quedó impregnado en los diarios por dos meses: “Extra… extra… un arco iris gigante nos guía hasta el tesoro perdido… extra.”

Sí, ese tesoro era el conocimiento, pero nadie más podría disfrutarlo. Cansada, la infanta se sentó en la misma mecedora en que halló a su nana plácida y tiesa. Desde ese ángulo la luna parecía más hermosa, profunda, eterna y consoladora.

La misma luna se entristeció al ver a la idealista decadente enfrascada bajo sus propios temores. Abrió la boca y con su canto levantó olas enormes que rozaban el cielo, a su paso recogían las botellas y las aventaban lo más lejos posible.


Años después la primera botella por fin tocó tierra. Un joven que pasaba por ahí la tomó y se la llevó a su casa. Vertió el contenido en un plato sopero y pasó varias horas tratando de averiguar qué era aquello que se me movía como gelatina. Desesperado por no encontrarle explicación al líquido movedizo, que a simple vista era espléndido, se bebió todo de un sólo sorbo. Lentamente las ideas contenidas en ese frasco se expandieron a sus anchas sobre los cómodos pliegues del cerebro. Una chispa de luz se encendió y una nueva perspectiva le dio vuelta a su vida.

Poco a poco las botellas llegaron a tierra firme y fueron recogidas por diferentes tipos de personas, quienes de acuerdo a su personalidad le dieron a las ideas un uso particular: Señoras que regaron con ellas sus flores, artistas cuyas creaciones fueron inolvidables años después, científicos que convirtieron el líquido en leyes y teorías, hackers que transformaron las hebras en software, diseñadores que transformaron las ideas en conceptos de imágenes, y mucho más. El mundo sin querer había cambiado.

Un día un aventurero quiso buscar a la creadora de esas botellitas y viajó por mares hasta hallar la isla. Lo que encontró fue un cuarto cuyo techo estaba impregnado de estrellas y una hermosa luna de papel. En medio se mecía una sofisticada silla mecedora, donde una viejita no dejaba de mirar aquella constelación que fue creada por sus propias manos.

La convenció de abandonar la isla con el fin de que comprobar por ella misma aquel mundo confeccionado por sus sueños. Ella salió de la isla con paso lento y en un transporte aerodinámico el aventurero y la idealista viajaron por el mundo.

Una vez que recorrió el mundo y observó como cada una de las ideas embotelladas que creó, sólo por el placer de hacerlo, habían tomado forma y destino, cerró los ojos y comenzó a llorar, luego le dijo al aventurero:

- Yo nunca quise cambiar al mundo ni provocar revoluciones y cambios industriales, mi deseo fue tener unos pocos amigos para no estar sola, como lo he estado tantos y tantos años. A cambio tú me ofreces un mundo elaborado con retazos de mis propios sueños, pensamientos que las teorías de libros y el sistema metodológico del universo tejieron en mi cerebro… Confieso que ver el resultado me provoca un poco de miedo, me percibo en cada una de esas personas y sin embargo ellos aún no saben que existo... ¡Es hermoso, joven, muchas gracias por mostrármelo!

El aventurero le secó las lágrimas a la vieja demiurga y le pidió que de favor le mostrara más, que aún faltaba mucho por hacer para conseguir la paz en el Universo. Pero ella sólo alcanzó a decir:

- Ese camino ya no me corresponde, ahora les toca a los demás crear sus propias botellas para compartir.

- Pero señora, ¿cómo nos deja una tarea tan difícil? Al menos dígame como se fabrican las botellitas ideáticas.

- Es muy sencillo –dijo la vieja ya sin fuerzas- sólo piense, pero piense en serio.

Y al decir esto último, la demiurga ideológica murió al instante, lo que provocó que el aventurero pensara y meditara sobre lo que le habría querido decir. No pudo dormir en dos días, sólo pensaba y pensaba, cuando al fin logró descansar, tuvo el aventurero unos sueños fantásticos que le revelaron la razón de su ser y el núcleo metafísico de su existencia. Al amanecer, cinco botellitas resplandecientes con un líquido gelatinoso de colores lo acompañaban en el buró al lado de su cama.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Historia de un perro




Fue autor de multitud de cuentos y relatos (más de 300). Sus temas favoritos son los campesinos normandos, los pequeños burgueses, la mediocridad de los funcionarios, la guerra franco prusiana de 1870, las aventuras amorosas o las alucinaciones de la locura. Son especialmente destacables sus cuentos de terror, género en el que es reconocido como maestro, a la altura de Edgar Allan Poe. En estos cuentos, narrados con un estilo ágil y nervioso, repleto de exclamaciones y signos de interrogación, se echa de ver la presencia obsesiva de la muerte, el desvarío y lo sobrenatural.


Guy de Maupassant

La prensa respondió unánimemente a la llamada de la Sociedad Protectora de Animales para colaborar en la construcción de un establecimiento para animales. Sería una especie de hogar y un refugio, donde los perros perdidos, sin dueño, encontrarían alimento y abrigo en vez del nudo corredizo que la administración les tiene reservado.

Los periódicos recordaron la fidelidad de los animales, su inteligencia, su dedicación. Ensalzaron sucesos de asombrosa sagacidad.

Es mi deseo, aprovechando esta oportunidad, contar la historia de un perro perdido, de un perro vulgar, sin pedigrí. Es una historia sencilla pero auténtica.

En los suburbios de París, a las orillas del Sena, vivía una familia de ricos burgueses. Poseían una elegante mansión con un gran jardín, caballos, carruajes y muchos criados.

El cochero se llamaba François. Era un individuo de origen campesino, un poco corto de inteligencia; grueso, embotado..., pero de buen corazón.

Una noche, en la que regresaba a la casa de sus amos, un perro comenzó a seguirlo. En un principio ignoró al animal, pero la obstinación de éste y el hecho de seguirlo tan de cerca, hizo que el cochero se volviese... Miraba al can intentando reconocerlo, pero no... nunca lo había visto. Se trataba de una perra de una terrible delgadez, con enormes ubres colgantes. Trotaba detrás del hombre en un estado lamentable; la cola apretada entre las piernas y las orejas pegadas contra la cabeza.

François se detuvo. Lo mismo hizo la perra. François reanudó la marcha y la perra siguió tras él.


Deseó desprenderse de aquel esqueleto de animal y gritó:

-¡Vete... Aléjate de mí!

La perra se movió dos o tres pasos hacia atrás y se detuvo apoyándose sobre las patas traseras, pero tan pronto el cochero se volvió, ésta volvió a seguirlo.

Él hizo ademán de recoger unas piedras y el animal se alejó con velocidad, con una gran sacudida de sus ubres, pero volvió inmediatamente la persecución tan pronto el hombre se dio vuelta.

Entonces el cochero llamó a la perra. El animal se acercó tímidamente con la espina dorsal doblada como un círculo y todas las costillas marcándose en la piel. Acarició el relieve de los huesos y movido por compasión dijo: “Está bien... ven”

Como si lo hubiese entendido, el animal movió la cola alegremente y se dispuso a caminar, ahora confiado, delante de él.

Lo instaló en el pajar del establo; luego fue a la cocina para buscar un poco de pan.

Al día siguiente, los amos fueron informados por el cochero de que había dado cobijo al animal, sin que éstos pusieran reparos a que lo conservara.
Sin embargo, la presencia de la perra en la casa se convirtió pronto en un motivo de apuros y conflictos incesantes.

Estaba constantemente en celo y durante todo el año los aspirantes con cuatro patas asediaban la residencia. Estaban en el camino, delante de la puerta, se introducían por entre los setos del jardín, destrozaban las plantas, rasgaban las flores y sus continuas idas y venidas exasperaban al jardinero. Día y noche era un concierto de aullidos y de batallas sin fin.



Los amos incluso llegaron a encontrar en la escalera perros de todas razas, pequeños con la cola recortada, perros grises, merodeadores de las calles que viven de la basura, enormes perros de raza Terranova con los pelos rizados…

François la llamaba “Cocote” y bien que hacía honor a su nombre. Se reproducía con una facilidad pasmosa y tenía camadas de perros de todas las especies. Cada cuatro meses el cochero tenía que sacrificar la grey de cachorros ahogando a los pequeños seres arrojándolos a un pozo acuífero.
Cocote, con el tiempo, había llegado a ser enorme. Tras su antigua delgadez, ahora era obesa, con un vientre inflado debajo del cual sus largas ubres, sacudiéndose, siempre se arrastraban. Tan gorda estaba que se extenuaba tras caminar diez minutos.

El cochero solía decir: “Es un buen animal, pero a fe mía que deja el pozo fuera de servicio”.

El jardinero se quejaba a diario, la cocinera hacía otro tanto, pues encontró perros debajo de su horno, debajo de las sillas, en el arcón del carbón; robaban todo lo que se encontraban.

El amo le pidió a François que se liberara de Cocote.

El criado, desesperado, gimió, pero tuvo que obedecer. Ofreció la perra a todos sus conocidos pero nadie la deseaba. Intentó perderla. Un representante de ventas la llevó lejos en el cabestrante de su coche, pero una vez sola siempre encontraba el camino de regreso y, a pesar de su barriga que se caía, volvía siempre a acostarse en su reservado del establo.

Pero el amo no consintió más y, molesto, llamó a François, al que dijo gravemente y encolerizado:

-Si usted no se deshace de este animal antes de mañana, lo despido de inmediato... ¿está claro?

Quedó consternado porque adoraba a Cocote. Reflexionó y llegó a la conclusión de que era imposible conseguirle un nuevo hogar porque nadie quería estar cerca de esta perra seguida de un regimiento de canes. Así que era necesario tomar medidas: no podía colocarla, no podía perderla; el río era la única solución.

Entonces pensó en dar veinte peniques a alguien para que hiciese el trabajo. Pero a este pensamiento sobrevino un agudo dolor, ya que otra persona tal vez no tendría el cuidado de no hacer sufrir al animal, y por tanto decidió realizar la ejecución él mismo.

Esa noche no pudo dormir.

Al amanecer se levantó y, tomando una fuerte cuerda, fue a buscar a Cocote... La perra se levantó lentamente, sacudió su rabo y estiró sus miembros celebrando la llegada de su amo.



Él se sentó y, subiéndola a sus rodillas, la acarició un largo rato, luego le puso la correa y el bozal diciendo: “Vamos”. La perra agitó la cola creyendo que iba a dar un paseo.

Llegaron al río.

François eligió un lugar en donde parecía que había suficiente profundidad.
Entonces ató un extremo de la cuerda al cuello del animal y, recogiendo una gran piedra, la unió al otro extremo. Tras esto tomó la perra en sus brazos y la besó furiosamente, como si se tratara de una persona de la que uno se despide.

La sostuvo apretada contra su pecho, y la perra lo lamía con satisfacción.
Diez veces intentó arrojarla, pero le faltaron fuerzas. Pero en un intento, con decisión repentina, hizo acopio de toda su fuerza y la lanzó lo más lejos posible.

Flotó un segundo, luchando, intentando nadar como cuando era bañada... pero la piedra la empujó al fondo; tenía una mirada de angustia y su cabeza desapareció en primer lugar, mientras que sus patas, saliendo del agua, todavía se agitaban. Entonces aparecieron algunas burbujas de aire en la superficie... François creyó ver a la perra un instante cuando el cauce torcía en una zona fangosa del río.

Casi se vuelve loco y durante un mes estuvo enfermo, torturado por la memoria de Cocote

La había ahogado hacia finales de abril.

Tras un largo tiempo, se recobró

Finalmente apenas pensaba en ello cuando, a mediados de junio, sus amos decidieron ir a Ruán a pasar el verano.

Una mañana, como hacía mucho calor, François decidió ir a bañarse a la orilla del río. Al entrar en el agua, un olor nauseabundo lo hizo mirar a su alrededor. Observó entre unas cañas el cuerpo de un perro en estado de putrefacción.

Se acercó sorprendido por el color del pelo. Una cuerda descompuesta todavía apretaba su cuello. Era su perra, Cocote, arrojada por la corriente a sesenta millas de París.

Él seguía de pie, con el agua hasta las rodillas, trastornado, como si se tratase de un milagro.

Se volvió medio loco de repente y comenzó a caminar al azar, con la cabeza perdida. Vagó todo el día y perdió el camino que jamás volvió a encontrar. Nunca volvió a atreverse a tocar un perro.

Esta historia no tiene más que un mérito: es verdadera, enteramente verdadera.

Sin la reunión extraña del perro muerto, al cabo de seis semanas y a sesenta millas de distancia nunca la hubiéramos conocido, indudablemente; ¡porque cuantos animales pobres, sin abrigo, vemos todos los días!

Si el proyecto de la Asociación Protectora de Animales tiene éxito, al menos disminuiremos la presencia de estos cadáveres con cuatro patas arrojadas a los cauces de los ríos.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Los tres anillos



Giovanni Boccaccio (1313 – 21 de diciembre de 1375), fue un escritor y humanista italiano. Es uno de los padres, junto con Dante y Petrarca, de la literatura en italiano. Compuso también varias obras en latín. Es recordado sobre todo como autor del Decamerón.


Giovanni Boccaccio


Años atrás vivió un hombre llamado Saladino, cuyo valor era tan grande que llegó a sultán de Babilonia y alcanzó muchas victorias sobre los reyes sarracenos y cristianos. Habiendo gastado todo su tesoro en diversas guerras y en sus incomparables magnificencias, y como le hacía falta, para un compromiso que le había sobrevenido, una fuerte suma de dinero, y no veía de dónde lo podía sacar tan pronto como lo necesitaba, le vino a la memoria un acaudalado judío llamado Melquisedec, que prestaba con usura en Alejandría, y creyó que éste hallaría el modo de servirle, si accedía a ello; mas era tan avaro, que por su propia voluntad jamás lo habría hecho, y el sultán no quería emplear la fuerza; por lo que, apremiado por la necesidad y decidido a encontrar la manera de que el judío le sirviese, resolvió hacerle una consulta que tuviese las apariencias de razonable. Y habiéndolo mandado llamar, lo recibió con familiaridad y lo hizo sentar a su lado, y después le dijo:

-Buen hombre, a muchos he oído decir que eres muy sabio y muy versado en el conocimiento de las cosas de Dios, por lo que me gustaría que me dijeras cuál de las tres religiones consideras que es la verdadera: la judía, la mahometana o la cristiana.

El judío, que verdaderamente era sabio, comprendió de sobra que Saladino trataba de atraparlo en sus propias palabras para hacerle alguna petición, y discurrió que no podía alabar a una de las religiones más que a las otras si no quería que Saladino consiguiera lo que se proponía. Por lo que, aguzando el ingenio, se le ocurrió lo que debía contestar y dijo:


-Señor, intrincada es la pregunta que me haces, y para poderte expresar mi modo de pensar, me veo en el caso de contarte la historia que vas a oír. Si no me equivoco, recuerdo haber oído decir muchas veces que en otro tiempo hubo un gran y rico hombre que entre otras joyas de gran valor que formaban parte de su tesoro, poseía un anillo hermosísimo y valioso, y que queriendo hacerlo venerar y dejarlo a perpetuidad a sus descendientes por su valor y por su belleza, ordenó que aquel de sus hijos en cuyo poder, por legado suyo, se encontrase dicho anillo, fuera reconocido como su heredero, y debiera ser venerado y respetado por todos los demás como el mayor. El hijo a quien fue legada la sortija mantuvo semejante orden entre sus descendientes, haciendo lo que había hecho su antecesor, y en resumen: aquel anillo pasó de mano en mano a muchos sucesores, llegando por último al poder de uno que tenía tres hijos bellos y virtuosos y muy obedientes a su padre, por lo que éste los amaba a los tres de igual manera. Y los jóvenes, que sabían la costumbre del anillo, deseoso cada uno de ellos de ser el honrado entre los tres, por separado y como mejor sabían, rogaban al padre, que era ya viejo, que a su muerte les dejase aquel anillo. El buen hombre, que de igual manera los quería a los tres y no acertaba a decidirse sobre cuál de ellos sería el elegido, pensó en dejarlos contentos, puesto que a cada uno se lo había prometido, y secretamente encargó a un buen maestro que hiciera otros dos anillos tan parecidos al primero que ni él mismo, que los había mandado hacer, conociese cuál era el verdadero. Y llegada la hora de su muerte, entregó secretamente un anillo a cada uno de los hijos, quienes después que el padre hubo fallecido, al querer separadamente tomar posesión de la herencia y el honor, cada uno de ellos sacó su anillo como prueba del derecho que razonablemente lo asistía. Y al hallar los anillos tan semejantes entre sí, no fue posible conocer quién era el verdadero heredero de su padre, cuestión que sigue pendiente todavía. Y esto mismo te digo, señor, sobre las tres leyes dadas por Dios Padre a los tres pueblos que son el objeto de tu pregunta: cada uno cree tener su herencia, su verdadera ley y sus mandamientos; pero en esto, como en lo de los anillos, todavía está pendiente la cuestión de quién la tenga.

Saladino conoció que el judío había sabido librarse astutamente del lazo que le había tendido, y, por lo tanto, resolvió confiarle su necesidad y ver si le quería servir; así lo hizo, y le confesó lo que había pensado hacer si él no le hubiese contestado tan discretamente como lo había hecho. El judío entregó generosamente toda la suma que el sultán le pidió, y éste, después, lo satisfizo por entero, lo cubrió de valiosos regalos y desde entonces lo tuvo por un amigo al que conservó junto a él y lo colmó de honores y distinciones.