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Citas - citas-comunidad.com

viernes 16 de octubre de 2009

El circo


El circo, como lo conocemos, es un espectáculo itinerante que incluye acróbatas, payasos, magos, adiestradores de animales y otros artistas. Antes de establecerse, suele ser anunciado por un desfile para avisar al poblado que el circo va llegando. El show se presenta en el interior de una gran carpa con pistas y galerías de asientos para el público. Entre más pistas tenga el circo, es mayor la atracción. En la actualidad existen circos estables y fijos geográficamente, y no todos poseen actos que incluyen animales.

Las actuaciones en un circo se rigen siempre por reglas establecidas, al grado de crear una serie de números que ya son clásicos en el repertorio de este tipo de espectáculos, como pueden ser: las acrobacias a caballo, las cabalgatas y las actuaciones de elefantes, focas, perros y otros animales amaestrados.

El domador de leones, es ya un personaje clásico y más atrayente del circo aunque en algunos países se han prohibido esta clase de números. Sin embargo, las funciones con animales son sólo un reflejo de aquellos circos romanos, donde siempre se opone a la fuerza bruta de la bestia contra la inteligencia del hombre.

Los antiguos saltimbanquis, juglares y magos fueron los precursores de los artistas de circo actuales, los cuales muchos de sus números y creaciones forman parte de la mayor tradición circense. Por ejemplo, el payaso actual, o clown, ha heredado dicha tradición y sus actuaciones incluyen toda una serie de chises, pantomimas, piruetas y números musicales, que siempre han atraído a grandes y pequeños. Aunque claro, pueden ser también un dramático reflejo de la incomprensión, la soledad y los defectos humanos, como Grock, Rivel, Popov o los hermanos Fratellini.

El circo de la antigua Roma


Fueron los romanos quienes le dieron el nombre de Circo (Circus) a las actividades de entretenimiento, más aún, a los espectáculos públicos. En la antigua Roma, el circo era un lugar destinado a espectáculos públicos, en especial las carreras de caballos. La pista estaba dividida a lo largo por una gran valla en la cual corrían los competidores.

Tras el éxito de la presentación se crearon los anfiteatros como el Circo Máximo que contaba con una capacidad para 100 000 personas. Con el tiempo se amplió con el fin de albergar 385 000 espectadores. También se construyó canales de agua, ordenado por Julio Cesar, para presentar competencias de natación y regatas.

La presentación se abría con un gran desfile que comenzaba con lujosas carrozas y la efigie de los dioses de la ciudad, seguidos por el emperador y su corte. Detrás iban las personas que intervenían en los juegos, músicos, atletas, danzarines, magistrados y por último efebos y doncellas quemando incienso.

Además de carreras también había combates simulados entre guerreros; pero con la aparición de los gladiadores y luchadores profesionales, las contiendas fueron cada vez más despiadadas, incluso hacia el año 15 AC Aurelio Escauro fundó la primera escuela de gladiadores.

Las fieras se incorporaron años después al circo romano. En un principio los animales eran acribillados a flechazos dentro de jaulas encendidas con fuego, posteriormente inauguraron los combates entre hombres y fieras.

Evolución del circo


Tras la decadencia de las civilizaciones antiguas, las personas perdieron el interés en las artes corporales como en el teatro gestual, la danza, la gimnasia y el circo.

Posteriormente las artes corporales recobraron su espacio en la Europa de la Edad Media, volviendo poco a poco a la realidad cotidiana. Pero no fue sino hasta en el Renacimiento cuando los circenses volvieron a tomar los pueblos y las calles de muchos países europeos, ampliando el status social de dicha cultura.

La función primordial del circo era entretener a la gente: buscar la risa descomprometida de la educación y dejar fuera el concepto utilitario para de esta manera encantar y entretener a su público.

Para esta época las “troupes de saltimbanquis” incluían en sus espectáculos música, baile, cuentos populares, narraciones épicas, títeres, sin mencionar las ya clásicas acrobacia y malabares. Se hizo tradición en muchos pueblos acoger a los artistas itinerantes, ofreciéndoles un lugar para presentar sus espectáculos, como atracción de los acontecimientos públicos importantes. De forma lenta se formalizaron los itinerarios: caminos por los cuales miles de artistas solían pasar durante todo el año.

El circo de hoy


Apareció por primera vez el circo, tal y como lo conocemos, en Gran Bretaña en 1770, y en el siglo siguiente la actividad circense se extendió a gran número de países. En Alemania fueron famosos los circos Renz, Busch y Schuron; en Francia el Circo de Invierno (Cirque d’Hiver) y Médranos; en Gran Bretaña, el Circus Sanger; y en Estados Unidos, Barnum & Bailey, que fue el primer gran circo ambulante. En la Unión Soviética, el circo está subvencionado por el Estado, y es una tradición de amplio arraigo popular.

En la actualidad la palabra circo no sólo se refiere a los espectáculos ambulantes, pues también se designa al sitio en el que se representa el espectáculo circense, que puede ser una carpa móvil o un anfiteatro permanente.

El circo representa parte importante de la cultura, construida prácticamente desde que el hombre empezó a registrar sus hazañas, sus descubrimientos, sus ideas y sus creencias.


Aún así lo derechos humanos y de los animales cada vez suman mayor importancia. Por ejemplo, en antiguas épocas las deformaciones o las condiciones especiales en animales o en humanos, eran parte de un espectáculo mórbido que, despreciativamente, se refería como fenómenos. Un caso famoso fue el del “Hombre elefante”. Aunque vetados en muchas partes del mundo, estos espectáculos continúan en una forma separada y paralela a algunas ferias o carnavales. Para ello existen campañas para pedirle a la gente que no vaya a circos en los que se haga uso de animales.

Para ello, las nuevas producciones están haciendo que el concepto de circo clásico se vaya modificando. La evolución del arte en el circo lo aproxima al ámbito de la Educación Física, el cual ha ampliado sus horizontes, por la importancia que pone al trabajo corporal, a diferencia de otras épocas en las que predominaban los números con animales (domadores), con objetos (ilusionismo), o propuestas exhibicionistas (malformaciones).

Al aumentar los aspectos de teatralidad y la incorporación del simbolismo de la danza, el circo se acerca al campo de la expresión a través del cuerpo mucho más que en sus inicios donde predominaba "la dificultad del acto".

Las producciones artísticas circenses han ido acrecentando hasta el grado de extraer contenidos adaptables a un objetivo educativo, los cuales pueden desarrollarse a través de unidades didácticas constituidas alrededor del circo como centro de interés.

sábado 10 de octubre de 2009

Calvero


Calvero es el personaje principal de la película Candilejas, protagonizada por Charles Chaplin allá por lo años de 1952 en Estados Unidos.

Es un reconocido payaso de edad avanzada que un día descubrió que el alcohol le devuelve la gracia y se hace dependiente. Su vida completa está dedicada al espectáculo, no piensa por ningún motivo abandonarlo ni se imagina haciendo otra cosa.

El problema es que el público ya se cansó de sus viejos chistes y a nadie hacía reír, muy al contrario, a la mitad del acto la gente abandona la sala o lo agreden. Inclusive las compañías han descartado la posibilidad de tener a Calvero dentro de su repertorio.

Un día regresó a su casa borracho, como era su costumbre, y encontró que una de sus vecinas tenía una fuga de gas. Abrió la puerta y descubrió a una hermosa joven cometiendo suicidio. Llamó de inmediato al doctor y la subió a su departamento; por instrucciones del doctor cuidó de ella y trató de levantarle el ánimo.

La mujer resultó ser una bella bailarina con pocas ganas de vivir, y bajo el efecto de la histeria se provoca la inmovilidad en sus piernas. Al momento de darle consejos de vida a la bailarina, las recibe inconscientemente él mismo, pues aunque él nunca trató de suicidarse, admite que también su vida se ha visto apagada desde que no puede hacer reír a su público.

Sorpresivamente recibe la carta de una compañía que lo admite pero con un papel muy pequeño. Calvero, para no tener más problemas con las compañías y para evitar que su público lo reconozca se cambia el nombre; pero fracasa de nuevo y lo lleva a la ruina y al alcoholismo.

La bailarina, completamente recuperada, regresa a trabajar y, enamorada de su salvador, lo ayuda a conseguir algunos papeles dentro de su propia compañía.

Es interesante cómo el personaje de la bailarina va creciendo a lo largo de la historia y en directa proporción el payaso se va desvaneciendo. Es cómo si de alguna forma absorbiera sus energías. Ella se vuelve primera bailarina y él un payaso mediocre con un nombre inventado.

Terry, como llaman a la joven, se enamora perdidamente de la tristeza y el desconcierto de Calvero, al grado de pedirle matrimonio. Él no soporta más el ver como se desintegra en los brazos de una mujer que crece a pasos agigantados. La deja y se dedica a hacer espectáculos callejeros. Al parecer se siente más relajado y hasta crea nuevos chistes; deja de tomar y se le puede ver más contento.

Más, como todo destino cíclico se vuelve a encontrar con Terry, quien le ayuda de nuevo y hasta le consigue un pequeño homenaje con unos letreros señalando al público en que momento deben reír; pero al final no fueron necesarios. Es importante mencionar que la salud de nuestro payaso hasta este punto está ya muy deteriorada, un trago más y podría ocasionarle un paro cardíaco.


Él lo sabe, pero su acto es lo más importante, podría acabarlo por completo o devolverle su dignidad. Sería tonto mencionar la decisión de nuestro payaso: es fácil adivinar que decidió beber para ser más cómico en su última oportunidad y eso le trajo gravísimas consecuencias.

Calvero es el ícono del artista por excelencia, vive para y por su arte, sin él no tiene ningún fundamento su existencia. Pero los años no pasan en balde y el cuerpo se acaba, te vuelves más conciente de los problemas cotidianos, la seriedad te alcanza y la soledad se reciente. La peor mezcla para un artista cuya vida es hacer reír a los demás.

La muerte de Calvero es la más deseada por aquellos que viven en el escenario. Murió después de su mejor actuación y con un público que lloraba de tanta risa e ingenio. El sacrificio valió la pena.

jueves 17 de septiembre de 2009

Ideoteca expandida


En una solitaria isla existió un laboratorio equipado con todo aquello que una pequeña niña puede necesitar. Bajo las instrucciones de su nana, la niña tenía los estantes y las mesas de trabajo bien limpiecitos. Los libros estaban formados de acuerdo a su color y tamaño. Los químicos y objetos filosos permanecían dentro de sus cajones asignados.

En su recámara, guardaba bajo llave la computadora central donde a través de la red se comunicaba con el resto del mundo para buscar las actualizaciones más novedosas y almacenaba los últimos conocimientos científicos, literarios y filosóficos.

Todos los días leía al menos tres libros completos y escribía formulas matemáticas en un pizarrón hecho especialmente para ella. Tanto conocimiento le producía una infinidad de ideas utópicas que se concentraban en su pequeña cabecita.

Para evitar colapsos, en las noches prendía un aparatito que le permitía extraer las ideas que producían sus sueños. Al otro día guardaba esas ideas en botellitas catalogadas de acuerdo al grosor, color y largo de cada una de esas hebras oníricas.

Las botellitas se fueron acumulando hasta formar una enorme Ideoteca. La conformaban largos pasillos que abarcaban desde descubrimientos gastronómicos hasta conspiraciones cósmicas.

Una mañana la infanta despertó sedienta. Mandó llamar a la nana, pero ésta nunca apareció. Después de tanto gastar sus pulmoncitos, se puso las pantunflas y soñolienta caminó hasta la cocina. Avanzó por los largos corredores cuyos estantes estaban repletos de botellitas de diferentes colores. La respiración de la pequeña rebotaba en las paredes y el eco le golpeaba las orejas con brusquedad.

Después de tanto caminar llegó a la cocina y se encontró frente a frente con su nana, pero ésta no la veía. Descansaba tranquila en una mecedora cuya dirección daba hacia la luz lunar a través de una ventana. Sus ojos quietos no dieron señal de vida.

La niña por primera vez sintió un enorme vacío en el pecho. Pasó más de una semana tratando de pensar que haría tan sola. Tras largas cavilaciones llegó a la conclusión de formar una nación de personas iguales a ella. Así que fabricó un propulsor de cohetes y en él colocó algunas botellas cuyas ideas nadaban a sus anchas bajo los límites cristalinos.

¡Pum! Salió una botella disparada al vacío. Hermosas llamas azules, verdes y rojas adornaban el cielo nocturno. Turistas y marineros vecinos observaban con atención aquellas ideas resplandecientes.

Hubo quien al ver las manifestaciones y las teorías pragmáticas tan elaboradas le evocaban bostezos y torcían la nariz de lo anticuado que le resultaba todo ello.

Un marinero conservador, famoso aventurero de alta mar, se tapó los ojos al ver tales ultrajes y elaboró una petición al gobierno más cercano de bardear aquella isla para que nadie pudiera ver esas barbaridades.

Los turistas se maravillaban por los hermosos colores pero nadie se imaginó que aquello iba en serio: que la infanta deseaba hallar otros puntos en común, individuos con ideas afines a ella; pero lo único que consiguió fue una nota reposada en el pico de una gaviota. En ella, el vigilante del faro le sugería abandonar toda idea revolucionaria de su cabeza.

“No te gastes más, mi niña, tu tarea es inútil, nadie dejará su cómoda vida para vivir bajo filosofías y constelaciones adversas.”

La niña decepcionada hasta los tuétanos, lanzó al mar cada una de sus botellitas. El cristal acumulado en el agua emanó un arco iris cegador que llegó hasta el otro continente y quedó impregnado en los diarios por dos meses: “Extra… extra… un arco iris gigante nos guía hasta el tesoro perdido… extra.”

Sí, ese tesoro era el conocimiento, pero nadie más podría disfrutarlo. Cansada, la infanta se sentó en la misma mecedora en que halló a su nana plácida y tiesa. Desde ese ángulo la luna parecía más hermosa, profunda, eterna y consoladora.

La misma luna se entristeció al ver a la idealista decadente enfrascada bajo sus propios temores. Abrió la boca y con su canto levantó olas enormes que rozaban el cielo, a su paso recogían las botellas y las aventaban lo más lejos posible.


Años después la primera botella por fin tocó tierra. Un joven que pasaba por ahí la tomó y se la llevó a su casa. Vertió el contenido en un plato sopero y pasó varias horas tratando de averiguar qué era aquello que se me movía como gelatina. Desesperado por no encontrarle explicación al líquido movedizo, que a simple vista era espléndido, se bebió todo de un sólo sorbo. Lentamente las ideas contenidas en ese frasco se expandieron a sus anchas sobre los cómodos pliegues del cerebro. Una chispa de luz se encendió y una nueva perspectiva le dio vuelta a su vida.

Poco a poco las botellas llegaron a tierra firme y fueron recogidas por diferentes tipos de personas, quienes de acuerdo a su personalidad le dieron a las ideas un uso particular: Señoras que regaron con ellas sus flores, artistas cuyas creaciones fueron inolvidables años después, científicos que convirtieron el líquido en leyes y teorías, hackers que transformaron las hebras en software, diseñadores que transformaron las ideas en conceptos de imágenes, y mucho más. El mundo sin querer había cambiado.

Un día un aventurero quiso buscar a la creadora de esas botellitas y viajó por mares hasta hallar la isla. Lo que encontró fue un cuarto cuyo techo estaba impregnado de estrellas y una hermosa luna de papel. En medio se mecía una sofisticada silla mecedora, donde una viejita no dejaba de mirar aquella constelación que fue creada por sus propias manos.

La convenció de abandonar la isla con el fin de que comprobar por ella misma aquel mundo confeccionado por sus sueños. Ella salió de la isla con paso lento y en un transporte aerodinámico el aventurero y la idealista viajaron por el mundo.

Una vez que recorrió el mundo y observó como cada una de las ideas embotelladas que creó, sólo por el placer de hacerlo, habían tomado forma y destino, cerró los ojos y comenzó a llorar, luego le dijo al aventurero:

- Yo nunca quise cambiar al mundo ni provocar revoluciones y cambios industriales, mi deseo fue tener unos pocos amigos para no estar sola, como lo he estado tantos y tantos años. A cambio tú me ofreces un mundo elaborado con retazos de mis propios sueños, pensamientos que las teorías de libros y el sistema metodológico del universo tejieron en mi cerebro… Confieso que ver el resultado me provoca un poco de miedo, me percibo en cada una de esas personas y sin embargo ellos aún no saben que existo... ¡Es hermoso, joven, muchas gracias por mostrármelo!

El aventurero le secó las lágrimas a la vieja demiurga y le pidió que de favor le mostrara más, que aún faltaba mucho por hacer para conseguir la paz en el Universo. Pero ella sólo alcanzó a decir:

- Ese camino ya no me corresponde, ahora les toca a los demás crear sus propias botellas para compartir.

- Pero señora, ¿cómo nos deja una tarea tan difícil? Al menos dígame como se fabrican las botellitas ideáticas.

- Es muy sencillo –dijo la vieja ya sin fuerzas- sólo piense, pero piense en serio.

Y al decir esto último, la demiurga ideológica murió al instante, lo que provocó que el aventurero pensara y meditara sobre lo que le habría querido decir. No pudo dormir en dos días, sólo pensaba y pensaba, cuando al fin logró descansar, tuvo el aventurero unos sueños fantásticos que le revelaron la razón de su ser y el núcleo metafísico de su existencia. Al amanecer, cinco botellitas resplandecientes con un líquido gelatinoso de colores lo acompañaban en el buró al lado de su cama.

viernes 11 de septiembre de 2009

Mi concepto de realidad


A mí en lo personal me encanta hacer preguntas por todo, creo que más que buscar LA RESPUESTA, y lo digo con mayúsculas porque me refiero a la respuesta del universo, lo que hay que hacer es buscar LA PREGUNTA exacta que nos lleve a esa respuesta en concreto. Por eso es importante ejercitar el dominio de preguntar correctamente.

No creo que existan preguntas tontas, creo que hay preguntas mal formuladas o mal informadas. Así como tampoco existen temas estúpidos o superficiales, sino personas poco profundas que no saben tratar un tema, pero eso sólo es cuestión de tiempo: el abrir la mente y estudiar mucho ayuda bastante.

De hecho debo confesar que si me siento bastante ingenua y un tanto infantil por estar haciendo preguntas, a veces hasta algo tontas, pero también eso es parte de mi personalidad y me agrada. Es interesante descubrir cada día no sólo parte del mundo, sino una parte de ti, que queramos o no, también es un mundo.

Para mí la realidad es el resultado final de pequeñas realidades, que al coincidir dos o tres puntos se fusionan y se conforma una sola con tres variantes, y así si lo multiplicamos por todos los que habitamos el planeta Tierra.

Es decir, la realidad y el mundo tal y como lo concebimos forma sentido sólo y únicamente dentro de nuestra cabeza. Captamos todo lo que nos rodea por medio de los sentidos que emiten el mensaje a nuestro cerebro y concebimos un TODO a partir de ello, fuera de eso, no sabes nada más.

Los seres humanos nos creemos muy inteligentes y la mejor especie que ha existido sobre la faz de la Tierra, pero tal vez nuestro límite de entendimiento sea muy reducido y sólo captemos una tercera parte de lo que hay fuera de nuestro alcance, pero como no lo conocemos, pues no existe.

La única forma que yo conozco de ampliar este límite de entendimiento es abriendo tu mente a nuevas posibilidades, preparándote y estudiando mucho; pero sobretodo, es importante no dar por entendido nada, porque siempre hay más, mucho más. Suena fácil pero no lo es.

Pero ¿qué pasa cuando una persona tiene una idea que no comparte con nadie más? Hay que aclarar que aunque el mundo esté conformado por un número infinito de posibilidades y que como dice el dicho: “Cada cabeza es un mundo”, también es cierto que existen ciertos puntos de coincidencia, si no fuera así, no habría ni siquiera comunidades o grupos. El problema viene cuando una persona no encuentra su coincidencia. Cuando se da este caso puede hacer dos cosas: Lanzar su idea al aire para ver si alguien la capta y poder así interactuar con esa persona, o buscar y estudiar para ver si en el pasado alguien ya había pensado en esa piedrita que te está lastimando.

No importa cuál de las dos formas se elija, lo importante es buscar coincidencias, porque como dije, la realidad es un conjunto de realidades, y si no llegas a convencer a nadie entonces tu idea desaparecerá, porque de nada sirve en la cabeza de un sólo individuo. Si un señor insiste en que en el marco de su ventana aparece a las tres un unicornio azul, y nadie le cree, entonces no existe, probablemente lo tachen de loco y el hombre en cuestión termine convenciéndose a sí mismo de que en realidad nunca vio nada.

Cuando una persona se guarda sus secretos o se queda con sus ideas para él solo; cuando una persona es terca y no le interesa esforzarse por comprender la forma de vida de alguien más; cuando una persona siente que no tiene que compartir, cuando eso pasa, a mí en lo personal me da mucho coraje. Porque no contribuyen a la formación del Universo, no se dan cuenta que cada uno de nosotros somos un grano que conforma toda una isla, y esta a su vez un país y a su vez un planeta.

Estoy convencida de que todos tenemos algo que decir, aportar o comunicar; pero definitivamente no todos sabemos cómo. Y en este sentido no hay mucho que discutir, pues existen millones de formas con las cuáles contamos para poner nuestro grano de arena. Algunos lo harán por medio del arte, otros por medio de su trabajo, otros al educar a sus hijos, otros dando oportunidades a quienes lo necesitan, en fin, no sólo se trata de usar la vía de la comunicación oral o escrita. Lo que sí, es que aquello que uno decida ejercer para contribuir a la creación del Universo, debe hacerse con responsabilidad y profesionalismo.

A veces nos esforzamos demasiado en dar a conocer nuestro mensaje y al no hallar respuesta o quién te entienda puede llegar a frustrarnos un poco; pero bueno, tú lanzas la moneda al aire, quien lo capte o si se cae ya no es responsabilidad de uno. Tampoco es factible estar preocupándose todo el tiempo y acabándose por que sientes que nadie te comprende. Como dije, en algún lugar debe haber otro punto de coincidencia. De todas formas, uno lanza sus moneditas discretamente y vas dejando un caminito, alguien en algún punto del tiempo tomará una monedita y le servirá para construir otro camino, de esta forma también colaboras con el crecimiento de la humanidad.

lunes 17 de agosto de 2009

Manifiesto del Surrealismo (Parte 5)


Insisto en que no todos son siempre surrealistas, por cuanto advierto en cada uno de ellos cierto número de ideas preconcebidas a las que, muy ingenuamente, permanecen fieles. Mantenían esta fidelidad debido a que no habían escuchado la voz surrealista, esa voz que sigue predicando en vísperas de la muerte, por encima de las tormentas, y no la escucharon porque no querían servir únicamente para orquestar la maravillosa partitura. Fueron instrumentos demasiado orgullosos, y por eso jamás produjeron ni un sonido armonioso.

Pero nosotros, que no nos hemos entregado jamás a la tarea de mediatización, nosotros que en nuestras obras nos hemos convertido en los sordos receptáculos de tantos ecos, en los modestos aparatos registradores que no quedan hipnotizados por aquello que registran, nosotros quizá estemos al servido de una causa todavía más noble. Nosotros devolvemos con honradez el «talento» que nos ha sido prestado. Si os atrevéis, habladme del talento de aquel metro de platino, de aquel espejo, de aquella puerta, o del cielo. Nosotros no tenemos talento. Preguntádselo a Philippe Soupault:

Las manufacturas anatómicas y las habitaciones baratas destruirán las más altas ciudades.
A Roger Vitrac:


Apenas hube invocado al mármol-almirante, éste dio media vuelta sobre sí mismo como un caballo que se encabrita ante la Estrella Polar, y me indicó en el plano de su bicornio una región en la que debía pasar el resto de mis días.

A Paul Eluard:

Es una historia muy conocida esa que cuento, es poema muy célebre ese que releo: estoy apoyado en un muro, verdeantes las orejas, y calcinados los labios.

A Max Morise:

El oso de las cavernas y su compañero el alcaraván, la veleta y su valet el viento, el gran Canciller con sus cancelas, el espantapájaros y su cerco de pájaros, la balanza y su hija el fiel, ese carnicero y su hermano el carnaval, el barrendero y su monóculo, el Mississipi y su perrito, el coral y su cántara de leche, el milagro y su buen Dios, ya no tienen más remedio que desaparecer de la faz del mar.

A Joseph Delteil:
¡Sí! Creo en la virtud de los pájaros. Y basta una pluma para hacerme morir de risa.

A Louis Aragon:

Durante una interrupción del partido, mientras los jugadores se reunían alrededor de una jarra de llameante ponche, pregunté al árbol si aún conservaba su cinta roja.

Y yo mismo, que no he podido evitar el escribir las líneas locas y serpenteantes de este prefacio.

Preguntad a Robert Desnos, quien quizá sea el que, en nuestro grupo, está más cerca de la verdad surrealista, quien, en sus obras todavía inéditas (14) y en el curso de las múltiples experiencias a que se ha sometido, ha justificado plenamente las esperanzas que puse en el surrealismo, y me ha inducido a esperar aún más de él. En la actualidad, Desnos habla en surrealista cuando le da la gana. La prodigiosa agilidad con que sigue oralmente su pensamiento nos admira tanto cuanto nos complacen sus espléndidos discursos, discursos que se pierden porque Desnos, en vez de fijarlos, prefiere hacer otras cosas más importantes. Desnos lee en sí mismo como en un libro abierto, y no se preocupa de retener las hojas que el viento de su vida se lleva.
SECRETOS DEL ARTE MÁGICO DEL SURREALISMO
Composición surrealista escrita, o primer y último chorro

Ordenad que os traigan recado de escribir, después de haberos situado en un lugar que sea lo más propicio posible a la concentración de vuestro espíritu, al repliegue de vuestro espíritu sobre sí mismo. Entrad en el estado más pasivo, o receptivo, de que seáis capaces. Prescindid de vuestro genio, de vuestro talento, y del genio y el talento de los demás. Decíos hasta empaparos de ello que la literatura es uno de los más tristes caminos que llevan a todas partes. Escribid deprisa, sin tema preconcebido, escribid lo suficientemente deprisa para no poder refrenaros, y para no tener la tentación de leer lo escrito. La primera frase se os ocurrirá por sí misma, ya que en cada segundo que pasa hay una frase, extraña a nuestro pensamiento consciente, que desea exteriorizarse. Resulta muy difícil pronunciarse con respecto a la frase inmediata siguiente; esta frase participa, sin duda, de nuestra actividad consciente y de la otra, al mismo tiempo, si es que reconocemos que el hecho de haber escrito la primera produce un mínimo de percepción. Pero eso, poco ha de importaros; ahí es donde radica, en su mayor parte, el interés del juego surrealista. No cabe la menor duda de que la puntuación siempre se opone a la continuidad absoluta del fluir de que estamos hablando, pese a que parece tan necesaria como la distribución de los nudos en una cuerda vibrante. Seguid escribiendo cuanto queráis. Confiad en la naturaleza inagotable del murmullo. Si el silencio amenaza, debido a que habéis cometido una falta, falta que podemos llamar «falta de inatención», interrumpid sin la menor vacilación la frase demasiado clara. A continuación de la palabra que os parezca de origen sospechoso poned una letra cualquiera, la letra l, por ejemplo, siempre la 1, y al imponer esta inicial a la palabra siguiente conseguiréis que de nuevo vuelva a imperar la arbitrariedad.

Para no aburrirse en sociedad

Eso es muy difícil. Haced decir siempre que no estáis en casa para nadie, y alguna que otra vez, cuando nadie haya hecho caso omiso de la comunicación antedicha, y os interrumpa en plena actividad surrealista, cruzad los brazos, y decid: «Igual da, sin duda es mucho mejor hacer o no hacer. El interés por la vida carece de base. Simplicidad, lo que ocurre en mi interior sigue siéndome inoportuno.» 0 cualquier otra trivialidad igualmente indignante.



Publicaciones de Manifiesto del Surrealismo:
- Parte 1
- Parte 2

- Parte 3
- Parte 4
- Parte 5

lunes 10 de agosto de 2009

Manifiesto del Surrealismo (Parte 4)


Se cuenta que todos los días, en el momento de disponerse a dormir, Saint-Pol-Roux hacía colocar en la puerta de su mansión de Camaret un cartel en el que se leía: EL POETA TRABAJA.

Habría mucho más que añadir sobre este tema, pero tan sólo me he propuesto tocarlo ligeramente y de pasada, ya que se trata de algo que requiere una exposición muy larga y mucho más rigurosa; más adelante volveré a ocuparme de él. En la presente ocasión, he escrito con el propósito de hacer justicia a lo maravilloso, de situar en su justo contexto este odio hacia lo maravilloso que ciertos hombres padecen, este ridículo que algunos pretenden atribuir a lo maravilloso. Digámoslo claramente: lo maravilloso es siempre bello, todo lo maravilloso, sea lo que fuere, es bello, e incluso debemos decir que solamente lo maravilloso es bello.

En el ámbito de la literatura únicamente lo maravilloso puede dar vida a las obras pertenecientes a géneros inferiores, tal como el novelístico, y, en general, todos los que se sirven de la anécdota. El monje, de Lewis, constituye una admirable demostración de lo anterior. El soplo de lo maravilloso penetra la obra entera. Mucho antes de que el autor haya liberado a sus personajes de toda servidumbre temporal, se nota que están prestos a actuar con su orgullo carente de precedentes. Aquella pasión de eternidad que les eleva incesantemente da acentos inolvidables a su tortura y a la mía. A mi entender, este libro exalta ante todo, desde el principio al fin, y de la manera más pura que jamás se haya dado, cuanto en el espíritu aspira a elevarse del suelo; y esta obra, una vez una vez despojada de su fabulación novelesca, de moda en la época en que fue escrita, constituye un ejemplo de justeza y de inocente grandeza (5). A mi juicio pocas son las obras que la superan, y el personaje de Mathilde, en especial, es la creación más conmovedora que cabe anotar en las partidas del activo de aquella moda de figuración en literatura. Mathilde no es tanto un personaje cuanto una constante tentación. Y si un personaje no es una tentación, ¿qué otra cosa puede ser? Extremada tentación la de Mathilde. El principio «nada es imposible para quien quiere arriesgarse» tiene en El monje su máxima fuerza de convicción. Las apariciones ejercen en esta obra una función lógica, por cuanto el espíritu crítico no se preocupa de desmentirlas. Del mismo modo, el castigo de Ambrosio queda tratado de manera plenamente legítima, ya que a fin de cuentas es aceptado por el espíritu crítico como un desenlace natural.

Quizá parezca injustificado que haya empleado el anterior ejemplo, al referirme a lo maravilloso, cuando las literaturas nórdicas y las orientales se han servido de él constantemente, por no hablar ya de las literaturas propiamente religiosas de todos los países. Sin embargo, si así lo he hecho, ello se debe a que los ejemplos que estas literaturas hubieran podido proporcionarme están plagados de puerilidades, ya que se dirigen a niños. En un principio, éstos no pueden percibir lo maravilloso, y, después, no conservan la suficiente virginidad espiritual para que Piel de Asno les produzca demasiado placer. Por encantadores que sean los cuentos de hadas, el hombre se sentiría frustrado si tuviera que alimentarse sólo con ellos, y, por otra parte, reconozco que no todos los cuentos de hadas son adecuados para los adultos. La trama de adorables inverosimilitudes exige una mayor finura espiritual que la propia de muchos adultos, y uno ha de ser capaz de esperar todavía mayores locuras... Pero la sensibilidad jamás cambia radicalmente. El miedo, la atracción sentida hacia lo insólito, el azar, el amor al lujo, son recursos que nunca se utilizarán estérilmente. Hay muchos cuentos que escribir con destino a los mayores, cuentos que todavía son casi azules.

Lo maravilloso no siempre es igual en todas las épocas; lo maravilloso participa oscuramente de cierta clase de revelación general de la que tan sólo percibimos los detalles: éstos son las ruinas románticas, el maniquí moderno, o cualquier otro símbolo susceptible de conmover la sensibilidad humana durante cierto tiempo. Sin embargo, en estos cuadros que nos hacen sonreír se refleja siempre la irremediable inquietud humana, y por esto he fijado mi atención en ellos, ya que los estimo inseparablemente unidos a ciertas producciones geniales que están más dolorosamente influenciadas por aquella inquietud que muchas otras obras. Y al decirlo, pienso en los patíbulos de Villon, en los griegos de Racine, en los divanes de Baudelaire. Coinciden con un eclipse del buen gusto que soportar muy bien, por cuanto considero que el buen gusto es una formidable lacra. En el ambiente de mal gusto propio de mi época, me esfuerzo en llegar lejos que cualquier otro. Si hubiese vivido en 1820 yo hubiera hablado de la «ensangrentada monja», y no hubiera ahorrado aquel astuto y trivial «disimulemos» de que habla el Cuisin enamorado de la parodia, y yo hubiese utilizado las gigantescas metáforas en todas las fases, tal como Cuisin dice, del curso del «disco, plateado». En los presentes días pienso en un castillo, la mitad del cual no ha de encontrarse forzosamente en ruinas; este castillo es mío, y le veo situado en un lugar agreste, no muy lejos de París. Las dependencias de este castillo son infinitas, y su interior ha sido terriblemente restaurado, de modo que no deja nada que desear en cuanto se refiere a comodidades. Ante la puerta que las sombras de los árboles ocultan, hay automóviles que esperan. Algunos de mis amigos viven en él: ahí va Louis Aragón, que abandona el castillo y apenas tiene tiempo para deciros adiós; Philippe Soupault se levanta con las estrellas, y Paul Eluard, nuestro gran Eluard, todavía no ha regresado. Ahí están Robert Desnos y Roger Vitrac, que descifran en el parque un viejo edicto sobre los duelos; y Georges Auric y Jean Paulhan; Max Morise, quien tan bien rema, y Benjamin Péret, con sus ecuaciones de pájaros; y Joseph Delteil; y Jean Carrive; y Georges Limbour, y Georges Limbour (hay un bosque de Georges Limbour); y Marcel Noll; he ahí a T. Fraenkel, quien nos saludó desde un globo cautivo, Georges Malkine, Antonin Artaud, Francis Gérard, Pierre Naville, J.-A. Boiffard, después Jacques Baron y su hermano, apuestos y cordiales, y tantos otros, y mujeres de arrebatadora belleza, de verdad. A esa gente joven nada se le puede negar, y, en cuanto concierne a la riqueza, sus deseos son órdenes. Francis Picabia nos visita, y, la semana pasada, hemos dado una recepción a un tal Marcel Duchamp, a quien todavía no conocíamos. Picasso caza por los alrededores. El espíritu de la desmoralización ha fijado su domicilio en el castillo, y a él recurrimos todas las veces que tenemos que entrar en relación con nuestros semejantes, pero las puertas están siempre abiertas, y no comenzamos nuestras relaciones dando las gracias al prójimo, ¿saben ustedes? Por lo demás, grande es la soledad, y no nos reunimos con frecuencia, porque, ¿acaso lo esencial no es que seamos dueños de nosotros mismos, y, también, señores de las mujeres y del amor?

Se me acusará de incurrir en mentiras poéticas; todos dirán que vivo en la calle Fontaine, y que jamás gozarán de tanta belleza. ¡Maldita sea! ¿Es absolutamente seguro que este castillo del que acabo de hacer los honores se reduce simplemente a una imagen? Pero, si a pesar de todo tal castillo existiera... Ahí están más invitados para dar fe; su capricho es el camino luminoso que a él conduce. En verdad, vivimos en nuestra fantasía, cuando estamos en ella. ¿Y cómo es posible que cada cual pueda molestar al otro, allí, protegidos dos por el afán sentimental, al encuentro de las ocasiones?

El hombre propone y dispone. Tan sólo de él depende poseerse por entero, es decir, mantener en estado de anarquía la cuadrilla de sus deseos, de día en día más temible. Y esto se lo enseña la poesía. La lleva en sí la perfecta compensación de las miserias que padecemos. Y también puede actuar como ordenadora, por poco que uno se preocupe, bajo los efectos de una decepción menos íntima, de tomársela a lo trágico. ¡Se acercan los tiempos en que la poesía decretará la muerte del dinero, y ella sola romperá en pan del cielo para la tierra! Habrá aún asambleas en las plazas públicas, y movimientos en los que uno habría pensado en tomar parte. ¡Adiós absurdas selecciones, sueños de vorágine, rivalidades, largas esperas, fuga de las estaciones, artificial orden de las ideas, pendiente del peligro, tiempo omnipresente! Preocupémonos tan sólo de practicar la poesía. ¿Acaso no somos nosotros, los que ya vivimos de la poesía, quienes debemos hacer prevalecer aquello que consideramos nuestra más vasta argumentación?

Poco importa que se dé cierta desproporción entre la anterior defensa y la ilustración que viene a continuación. Antes, hemos intentado remontarnos a las fuentes de la imaginación poética, y, lo que es más difícil todavía, quedarnos en ellas. Y conste que no pretendo haberlo logrado. Es preciso aceptar una gran responsabilidad, si uno pretende establecerse en aquellas lejanas regiones en las que, desde un principio, todo parece desarrollarse de tan mala manera, y más todavía si uno pretende llevar al prójimo a ellas. De todos modos, el caso es que uno nunca está seguro de hallarse verdaderamente en ellas. Uno siempre está tan propicio a aburrirse como a irse a otro lugar y quedarse en él. Siempre hay una flecha que indica la dirección en que hay que avanzar para llegar a estos países, y alcanzar la verdadera meta no depende más que del buen ánimo del viajero.

Notas:
(5) Lo más admirable de lo fantástico es que lo fantástico ha dejado de existir. Ahora sólo existe realidad.



Publicaciones de Manifiesto del Surrealismo:
- Parte 1
- Parte 2

- Parte 3
- Parte 4
- Parte 5

viernes 7 de agosto de 2009

Manifiesto del Surrealismo (Parte 3)


Se cuenta que todos los días, en el momento de disponerse a dormir, Saint-Pol-Roux hacía colocar en la puerta de su mansión de Camaret un cartel en el que se leía: EL POETA TRABAJA.

Habría mucho más que añadir sobre este tema, pero tan sólo me he propuesto tocarlo ligeramente y de pasada, ya que se trata de algo que requiere una exposición muy larga y mucho más rigurosa; más adelante volveré a ocuparme de él. En la presente ocasión, he escrito con el propósito de hacer justicia a lo maravilloso, de situar en su justo contexto este odio hacia lo maravilloso que ciertos hombres padecen, este ridículo que algunos pretenden atribuir a lo maravilloso. Digámoslo claramente: lo maravilloso es siempre bello, todo lo maravilloso, sea lo que fuere, es bello, e incluso debemos decir que solamente lo maravilloso es bello.

En el ámbito de la literatura únicamente lo maravilloso puede dar vida a las obras pertenecientes a géneros inferiores, tal como el novelístico, y, en general, todos los que se sirven de la anécdota. El monje, de Lewis, constituye una admirable demostración de lo anterior. El soplo de lo maravilloso penetra la obra entera. Mucho antes de que el autor haya liberado a sus personajes de toda servidumbre temporal, se nota que están prestos a actuar con su orgullo carente de precedentes. Aquella pasión de eternidad que les eleva incesantemente da acentos inolvidables a su tortura y a la mía. A mi entender, este libro exalta ante todo, desde el principio al fin, y de la manera más pura que jamás se haya dado, cuanto en el espíritu aspira a elevarse del suelo; y esta obra, una vez una vez despojada de su fabulación novelesca, de moda en la época en que fue escrita, constituye un ejemplo de justeza y de inocente grandeza (5). A mi juicio pocas son las obras que la superan, y el personaje de Mathilde, en especial, es la creación más conmovedora que cabe anotar en las partidas del activo de aquella moda de figuración en literatura. Mathilde no es tanto un personaje cuanto una constante tentación. Y si un personaje no es una tentación, ¿qué otra cosa puede ser? Extremada tentación la de Mathilde. El principio «nada es imposible para quien quiere arriesgarse» tiene en El monje su máxima fuerza de convicción. Las apariciones ejercen en esta obra una función lógica, por cuanto el espíritu crítico no se preocupa de desmentirlas. Del mismo modo, el castigo de Ambrosio queda tratado de manera plenamente legítima, ya que a fin de cuentas es aceptado por el espíritu crítico como un desenlace natural.

Quizá parezca injustificado que haya empleado el anterior ejemplo, al referirme a lo maravilloso, cuando las literaturas nórdicas y las orientales se han servido de él constantemente, por no hablar ya de las literaturas propiamente religiosas de todos los países. Sin embargo, si así lo he hecho, ello se debe a que los ejemplos que estas literaturas hubieran podido proporcionarme están plagados de puerilidades, ya que se dirigen a niños. En un principio, éstos no pueden percibir lo maravilloso, y, después, no conservan la suficiente virginidad espiritual para que Piel de Asno les produzca demasiado placer. Por encantadores que sean los cuentos de hadas, el hombre se sentiría frustrado si tuviera que alimentarse sólo con ellos, y, por otra parte, reconozco que no todos los cuentos de hadas son adecuados para los adultos. La trama de adorables inverosimilitudes exige una mayor finura espiritual que la propia de muchos adultos, y uno ha de ser capaz de esperar todavía mayores locuras... Pero la sensibilidad jamás cambia radicalmente. El miedo, la atracción sentida hacia lo insólito, el azar, el amor al lujo, son recursos que nunca se utilizarán estérilmente. Hay muchos cuentos que escribir con destino a los mayores, cuentos que todavía son casi azules.

Lo maravilloso no siempre es igual en todas las épocas; lo maravilloso participa oscuramente de cierta clase de revelación general de la que tan sólo percibimos los detalles: éstos son las ruinas románticas, el maniquí moderno, o cualquier otro símbolo susceptible de conmover la sensibilidad humana durante cierto tiempo. Sin embargo, en estos cuadros que nos hacen sonreír se refleja siempre la irremediable inquietud humana, y por esto he fijado mi atención en ellos, ya que los estimo inseparablemente unidos a ciertas producciones geniales que están más dolorosamente influenciadas por aquella inquietud que muchas otras obras. Y al decirlo, pienso en los patíbulos de Villon, en los griegos de Racine, en los divanes de Baudelaire. Coinciden con un eclipse del buen gusto que soportar muy bien, por cuanto considero que el buen gusto es una formidable lacra. En el ambiente de mal gusto propio de mi época, me esfuerzo en llegar lejos que cualquier otro. Si hubiese vivido en 1820 yo hubiera hablado de la «ensangrentada monja», y no hubiera ahorrado aquel astuto y trivial «disimulemos» de que habla el Cuisin enamorado de la parodia, y yo hubiese utilizado las gigantescas metáforas en todas las fases, tal como Cuisin dice, del curso del «disco, plateado». En los presentes días pienso en un castillo, la mitad del cual no ha de encontrarse forzosamente en ruinas; este castillo es mío, y le veo situado en un lugar agreste, no muy lejos de París. Las dependencias de este castillo son infinitas, y su interior ha sido terriblemente restaurado, de modo que no deja nada que desear en cuanto se refiere a comodidades. Ante la puerta que las sombras de los árboles ocultan, hay automóviles que esperan. Algunos de mis amigos viven en él: ahí va Louis Aragón, que abandona el castillo y apenas tiene tiempo para deciros adiós; Philippe Soupault se levanta con las estrellas, y Paul Eluard, nuestro gran Eluard, todavía no ha regresado. Ahí están Robert Desnos y Roger Vitrac, que descifran en el parque un viejo edicto sobre los duelos; y Georges Auric y Jean Paulhan; Max Morise, quien tan bien rema, y Benjamin Péret, con sus ecuaciones de pájaros; y Joseph Delteil; y Jean Carrive; y Georges Limbour, y Georges Limbour (hay un bosque de Georges Limbour); y Marcel Noll; he ahí a T. Fraenkel, quien nos saludó desde un globo cautivo, Georges Malkine, Antonin Artaud, Francis Gérard, Pierre Naville, J.-A. Boiffard, después Jacques Baron y su hermano, apuestos y cordiales, y tantos otros, y mujeres de arrebatadora belleza, de verdad. A esa gente joven nada se le puede negar, y, en cuanto concierne a la riqueza, sus deseos son órdenes. Francis Picabia nos visita, y, la semana pasada, hemos dado una recepción a un tal Marcel Duchamp, a quien todavía no conocíamos. Picasso caza por los alrededores. El espíritu de la desmoralización ha fijado su domicilio en el castillo, y a él recurrimos todas las veces que tenemos que entrar en relación con nuestros semejantes, pero las puertas están siempre abiertas, y no comenzamos nuestras relaciones dando las gracias al prójimo, ¿saben ustedes? Por lo demás, grande es la soledad, y no nos reunimos con frecuencia, porque, ¿acaso lo esencial no es que seamos dueños de nosotros mismos, y, también, señores de las mujeres y del amor?



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