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miércoles, 3 de diciembre de 2008

Historia de un perro




Fue autor de multitud de cuentos y relatos (más de 300). Sus temas favoritos son los campesinos normandos, los pequeños burgueses, la mediocridad de los funcionarios, la guerra franco prusiana de 1870, las aventuras amorosas o las alucinaciones de la locura. Son especialmente destacables sus cuentos de terror, género en el que es reconocido como maestro, a la altura de Edgar Allan Poe. En estos cuentos, narrados con un estilo ágil y nervioso, repleto de exclamaciones y signos de interrogación, se echa de ver la presencia obsesiva de la muerte, el desvarío y lo sobrenatural.


Guy de Maupassant

La prensa respondió unánimemente a la llamada de la Sociedad Protectora de Animales para colaborar en la construcción de un establecimiento para animales. Sería una especie de hogar y un refugio, donde los perros perdidos, sin dueño, encontrarían alimento y abrigo en vez del nudo corredizo que la administración les tiene reservado.

Los periódicos recordaron la fidelidad de los animales, su inteligencia, su dedicación. Ensalzaron sucesos de asombrosa sagacidad.

Es mi deseo, aprovechando esta oportunidad, contar la historia de un perro perdido, de un perro vulgar, sin pedigrí. Es una historia sencilla pero auténtica.

En los suburbios de París, a las orillas del Sena, vivía una familia de ricos burgueses. Poseían una elegante mansión con un gran jardín, caballos, carruajes y muchos criados.

El cochero se llamaba François. Era un individuo de origen campesino, un poco corto de inteligencia; grueso, embotado..., pero de buen corazón.

Una noche, en la que regresaba a la casa de sus amos, un perro comenzó a seguirlo. En un principio ignoró al animal, pero la obstinación de éste y el hecho de seguirlo tan de cerca, hizo que el cochero se volviese... Miraba al can intentando reconocerlo, pero no... nunca lo había visto. Se trataba de una perra de una terrible delgadez, con enormes ubres colgantes. Trotaba detrás del hombre en un estado lamentable; la cola apretada entre las piernas y las orejas pegadas contra la cabeza.

François se detuvo. Lo mismo hizo la perra. François reanudó la marcha y la perra siguió tras él.


Deseó desprenderse de aquel esqueleto de animal y gritó:

-¡Vete... Aléjate de mí!

La perra se movió dos o tres pasos hacia atrás y se detuvo apoyándose sobre las patas traseras, pero tan pronto el cochero se volvió, ésta volvió a seguirlo.

Él hizo ademán de recoger unas piedras y el animal se alejó con velocidad, con una gran sacudida de sus ubres, pero volvió inmediatamente la persecución tan pronto el hombre se dio vuelta.

Entonces el cochero llamó a la perra. El animal se acercó tímidamente con la espina dorsal doblada como un círculo y todas las costillas marcándose en la piel. Acarició el relieve de los huesos y movido por compasión dijo: “Está bien... ven”

Como si lo hubiese entendido, el animal movió la cola alegremente y se dispuso a caminar, ahora confiado, delante de él.

Lo instaló en el pajar del establo; luego fue a la cocina para buscar un poco de pan.

Al día siguiente, los amos fueron informados por el cochero de que había dado cobijo al animal, sin que éstos pusieran reparos a que lo conservara.
Sin embargo, la presencia de la perra en la casa se convirtió pronto en un motivo de apuros y conflictos incesantes.

Estaba constantemente en celo y durante todo el año los aspirantes con cuatro patas asediaban la residencia. Estaban en el camino, delante de la puerta, se introducían por entre los setos del jardín, destrozaban las plantas, rasgaban las flores y sus continuas idas y venidas exasperaban al jardinero. Día y noche era un concierto de aullidos y de batallas sin fin.



Los amos incluso llegaron a encontrar en la escalera perros de todas razas, pequeños con la cola recortada, perros grises, merodeadores de las calles que viven de la basura, enormes perros de raza Terranova con los pelos rizados…

François la llamaba “Cocote” y bien que hacía honor a su nombre. Se reproducía con una facilidad pasmosa y tenía camadas de perros de todas las especies. Cada cuatro meses el cochero tenía que sacrificar la grey de cachorros ahogando a los pequeños seres arrojándolos a un pozo acuífero.
Cocote, con el tiempo, había llegado a ser enorme. Tras su antigua delgadez, ahora era obesa, con un vientre inflado debajo del cual sus largas ubres, sacudiéndose, siempre se arrastraban. Tan gorda estaba que se extenuaba tras caminar diez minutos.

El cochero solía decir: “Es un buen animal, pero a fe mía que deja el pozo fuera de servicio”.

El jardinero se quejaba a diario, la cocinera hacía otro tanto, pues encontró perros debajo de su horno, debajo de las sillas, en el arcón del carbón; robaban todo lo que se encontraban.

El amo le pidió a François que se liberara de Cocote.

El criado, desesperado, gimió, pero tuvo que obedecer. Ofreció la perra a todos sus conocidos pero nadie la deseaba. Intentó perderla. Un representante de ventas la llevó lejos en el cabestrante de su coche, pero una vez sola siempre encontraba el camino de regreso y, a pesar de su barriga que se caía, volvía siempre a acostarse en su reservado del establo.

Pero el amo no consintió más y, molesto, llamó a François, al que dijo gravemente y encolerizado:

-Si usted no se deshace de este animal antes de mañana, lo despido de inmediato... ¿está claro?

Quedó consternado porque adoraba a Cocote. Reflexionó y llegó a la conclusión de que era imposible conseguirle un nuevo hogar porque nadie quería estar cerca de esta perra seguida de un regimiento de canes. Así que era necesario tomar medidas: no podía colocarla, no podía perderla; el río era la única solución.

Entonces pensó en dar veinte peniques a alguien para que hiciese el trabajo. Pero a este pensamiento sobrevino un agudo dolor, ya que otra persona tal vez no tendría el cuidado de no hacer sufrir al animal, y por tanto decidió realizar la ejecución él mismo.

Esa noche no pudo dormir.

Al amanecer se levantó y, tomando una fuerte cuerda, fue a buscar a Cocote... La perra se levantó lentamente, sacudió su rabo y estiró sus miembros celebrando la llegada de su amo.



Él se sentó y, subiéndola a sus rodillas, la acarició un largo rato, luego le puso la correa y el bozal diciendo: “Vamos”. La perra agitó la cola creyendo que iba a dar un paseo.

Llegaron al río.

François eligió un lugar en donde parecía que había suficiente profundidad.
Entonces ató un extremo de la cuerda al cuello del animal y, recogiendo una gran piedra, la unió al otro extremo. Tras esto tomó la perra en sus brazos y la besó furiosamente, como si se tratara de una persona de la que uno se despide.

La sostuvo apretada contra su pecho, y la perra lo lamía con satisfacción.
Diez veces intentó arrojarla, pero le faltaron fuerzas. Pero en un intento, con decisión repentina, hizo acopio de toda su fuerza y la lanzó lo más lejos posible.

Flotó un segundo, luchando, intentando nadar como cuando era bañada... pero la piedra la empujó al fondo; tenía una mirada de angustia y su cabeza desapareció en primer lugar, mientras que sus patas, saliendo del agua, todavía se agitaban. Entonces aparecieron algunas burbujas de aire en la superficie... François creyó ver a la perra un instante cuando el cauce torcía en una zona fangosa del río.

Casi se vuelve loco y durante un mes estuvo enfermo, torturado por la memoria de Cocote

La había ahogado hacia finales de abril.

Tras un largo tiempo, se recobró

Finalmente apenas pensaba en ello cuando, a mediados de junio, sus amos decidieron ir a Ruán a pasar el verano.

Una mañana, como hacía mucho calor, François decidió ir a bañarse a la orilla del río. Al entrar en el agua, un olor nauseabundo lo hizo mirar a su alrededor. Observó entre unas cañas el cuerpo de un perro en estado de putrefacción.

Se acercó sorprendido por el color del pelo. Una cuerda descompuesta todavía apretaba su cuello. Era su perra, Cocote, arrojada por la corriente a sesenta millas de París.

Él seguía de pie, con el agua hasta las rodillas, trastornado, como si se tratase de un milagro.

Se volvió medio loco de repente y comenzó a caminar al azar, con la cabeza perdida. Vagó todo el día y perdió el camino que jamás volvió a encontrar. Nunca volvió a atreverse a tocar un perro.

Esta historia no tiene más que un mérito: es verdadera, enteramente verdadera.

Sin la reunión extraña del perro muerto, al cabo de seis semanas y a sesenta millas de distancia nunca la hubiéramos conocido, indudablemente; ¡porque cuantos animales pobres, sin abrigo, vemos todos los días!

Si el proyecto de la Asociación Protectora de Animales tiene éxito, al menos disminuiremos la presencia de estos cadáveres con cuatro patas arrojadas a los cauces de los ríos.

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