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viernes, 26 de septiembre de 2008

Julio Castillo, "El Poeta del Teatro"

“Era un gran soñador y su imaginación e intuición era de una entrega total, tenía la magia de convertir lo ordinario en extraordinario, cosa que solamente él podía. A su lado pudo haber grandes directores como Margules o Gurrola, pero la gran diferencia eran las entrañas del teatro de Julio Castillo. Era un animal escénico como pocos, te conmovía como muy pocos directores, hacía un teatro muy latino, muy nuestro. Otros se quedaban en tecnicismos; muchos me matarán, pero así es.”.


Humberto Zurita


El director de la escena mexicana, Julio Castillo, celebró su 20 aniversario luctuoso el 19 de septiembre. Por ello la comunidad teatral se reunió la noche del lunes, 22 de septiembre, para realizar un homenaje póstumo en el recinto que lleva su nombre, ubicado en el Centro Cultural del Bosque.

Ahí se reunieron la periodista Esther Seligson, la actriz Angelina Peláez, el director teatral de la UNAM, Enrique Singer, el escritor Braulio Peralta, el director de la Compañía Nacional de Teatro, Luis de Tavira, y Sonia León, investigadora del CITRU (Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral Rodolfo Usigli), con el fin de realizar una mesa abierta al público, moderada por Saúk Meléndez, subcoordinador de teatro del INBA, en la que recordaron algunas anécdotas de Castillo e hicieron una breve reseña de su trayectoria.

Para Enrique Singer, recordar a Julio Castillo fue el motivo para preguntarse acerca del momento que vive el teatro actual y su importancia en un público joven.

“Recordamos a Julio de una manera sospechosa, no sólo con nostalgia, sino con dolor de algo que se fue y ya no está, como si se hubiera muerto también una manera de ver la vida y del quehacer teatral. Este homenaje habla más de un vacío, que de la alegría de un amigo que se fue hace 20 años. La pregunta es: ¿qué pasa en el teatro mexicano? No noto vasos comunicantes entre las generaciones de actores, sino desconfianza. El teatro de arte en México está amordazado por esfuerzos individuales, buscando una identidad”, expresó Singer.

En el homenaje se proyectó el video documental La hora del recreo, que no es más que testimonios después de 20 años, de Carlo Corea, y por el cual muchos terminaron nostálgicos al recordar al hombre imaginativo, creador, sensible a las emociones y a la vida del marginado.

“Lo que hay que recuperar es este sentido lúdico de recreo, de los grupos, de las pandillas. Esa energía de redescubrir el mundo. Eso me recuerda a Julio, tenía una pandilla que estaban ideando siempre. Julio tenía una serie de imágenes de la vida misma que le importaba plasmar en la escena. Tenía la habilidad de elegir exactamente el movimiento, la luz, el foco, las fibras internas que había que tener para reunir imágenes”, relató Angelina Peláez, quien participó en la obra Los bajos fondos, original de Maximo Gorki, en 1979.

También se proyectó el video De escenarios, Julio Castillo hecho en 1989 por la UNAM y parte de la investigación del CITRU recopilada en un CD que a principios de 2009 estará a disposición del público para su consulta.

Este documental, presentado por la directora Sonia León, incluye una entrevista con Castillo poco antes de su fallecimiento y diversos materiales relacionados con su obra y vida íntima, entre ellos 600 fotografías, 40 programas de mano y 14 videos, la mayoría procedentes del archivo de Blanca Peña, viuda del director teatral, la cual donó el archivo con documentación suya y de Julio Castillo.

Al mismo tiempo se inauguró la exposición fotográfica Cenizas de la mirada, con imágenes de Rogelio Cuéllar. A la celebración asistieron actores y directores de la talla de Julieta Egurrola, Adriana Roel, Fernando Becerril, Mariana Gajá, Lucero Trejo, Ricardo Blume, Paloma Bullrich, Martha Aura, Carlos Corona y Martín Acosta.

El destacado director de teatro y novelas, Julio Castillo, nació en la ciudad de México en 1944. Egresó de la escuela de arte Teatral del INBA y se inició como actor en 1964 con la obra La buena mujer de Sezuán, de Bertold Brecht bajo la dirección de Héctor Mendoza, quien como su maestro, reiteró en la actualidad el talento de quien fuera su alumno en la década de los 60.

“Julio Castillo apareció en la escena mexicana como un meteoro que se abalanza sin aviso sobre lo conocido para transformarlo todo o en parte, y construir a partir de la poética que él encarnaba y que parecía venir del misterio impensado, para cumplir desde lo inesperado, en el debate violento de una renovación urgente de la que dependía la sobrevivencia del teatro en aquel entonces. Por ello el recuerdo de su fulgor atañe a la vitalidad de nuestro teatro”, retomó el director de teatro, Luis Tavira, quien lleva consigo la preocupación de que el significado de la historia del teatro en México, expuesto en algunos nombres de diferentes recintos, permanezca vivo y retome su importancia y sea parte de la formación de los jóvenes.

Siendo asistente de dirección de Héctor Mendoza, Julio Castillo participó actoralmente en Don Gil de las calzas verdes de Tirso de Molina en 1966, y al mismo tiempo fue alumno y amigo de Alejandro Jodorowsky, con quien sorprendió a México con Poesía en Voz Alta y el teatro pánico.

Jodorowsky dirigió a Castillo a lo largo de 1966 y 1967 en el espectáculo Cabaret la vendimia, Fando y Lis de Fernando Arrabal y en Amor de Don Perliplim con Belisa en su jardín de Federico García Lorca.

Con el estreno de Cementerio de Automóviles, Julio Castillo incursionó en la dirección escénica en 1968, para continuar ese mismo año con Algo más que dos sueños de Alberto Cañas. Deslumbrado por la escenificación de la obra Cementerio de Automóviles, Claudio Obregón empezó a indagar quién era ese muchacho de la escuela que apenas conocía.

“Me fui haciendo amigo de Julio, me interesaba esa generación”, comentó el primer actor que ganó el Premio de Honor Emilio Carballido. De esa puesta en escena le impactó el manejo de las imágenes, todas relacionadas con el momento, con el Ché Guevara y la revolución cultural aunque ese montaje se hizo en 1967, un año antes.

Las ideas de Julio siempre llegaban al inconsciente colectivo, donde casi todos los personajes tenían finales trágicos. Sabía jugar con el ojo del espectador y elegía lo que quería hacerte ver y lo que no. Dejaba a un lado la teoría y centraba su mente en la creación de imágenes a través de improvisaciones, pero siempre consciente de lo que quería exactamente en cada uno de sus personajes.

“Julio era una persona sumamente sensible, sabía tratar a cada actor desde su lado humano para desde ahí crear artísticamente un montaje. Yo rescataría de él muchas cosas, como la necesidad de prepararse, de asumir esta profesión como realmente una posibilidad de expresar y comunicar algo. Julio no hacía nada arriba del escenario que no fuese pensado, analizado o gratuito. Todo requería de una exigencia analítica y, al mismo tiempo, sensible a partir de la preparación, formación, estudio, lectura y compromiso con el trabajo y del respeto por la profesión, eso es lo que a Julio Castillo yo le aprendí”, comentó al respecto Roberto Sosa.

Julieta Egurrola comentó que al trabajar en el melodrama breve El árabe (1980) en televisión y teatro, y en De película, en 1985, no contaba con un texto, la historia se iba escribiendo conforme la obra se montaba a partir de improvisaciones.

Julio Castillo siempre solía decir: “Es necesario abolir los textos, los libretos, hacer un teatro libre, un teatro de creación por medio de la labor conjunta de autor, director y actores... y público...”

Por horas los actores improvisaban la idea general que Julio Castillo tenía en su mente, y mientras tanto, su esposa Blanca Peña diseñaba las escenas, eso sí, Julio siempre tenía muy en claro quién era cada personaje.

“No tenía como tal elementos teóricos, nos decía que todo lo traía en el corazón y en la cabeza. Era un hombre con mucha imaginación, muy generoso. El teatro es efímero, es un arte vivo, y lo que habría que tener es memoria, porque sólo aquellos que lo vieron y que estuvieron ahí, sentados en alguna de sus obras, conocieron a Julio Castillo, pero las nuevas generaciones no, por eso hay que tener memoria, para que ellos conozcan su trabajo, lo que hizo y aportó al teatro”, asentó Egurrola.

Entre las obras que dirigió Castillo de 1982 a 1988, se encuentra Armas Blancas de Víctor Hugo Rascón Banda, uno de los principales desnudos teatrales de inicios de los 80´, al respecto Gonzalo Blanco, actual maestro del INBA y la UNAM recuerda:

“Lograr esa escena de desnudo a metro y medio de las rodillas de los espectadores, que además era abierta y obviamente homosexual, costó muchísimo trabajo. Sin embargo, enfrentar el pudor y rebasarlo es liberador; después de aquella escena de la regadera que para mí fue un obstáculo, ya no hay nada a lo que le tenga miedo o que me de vergüenza.”

En 1987, fundó al lado de Héctor Mendoza el Núcleo de Estudios Teatrales, (NET), donde estrenó su último montaje, en el teatro de esa escuela llamado La gabarra, nombre que recibe la embarcación pequeña que ayuda a los grandes barcos en la carga y descarga.

De película reflejó lo que vivieron, sufrieron, gozaron y temieron los mexicanos, testigos de un mundo convulso entre 1945 y 1948, fascinados por el cine estadounidense, las películas nacionales y el bombardeo de los noticieros cinematográficos que hacía Demetrio Bilbatúa.

El escenógrafo e iluminador, Philippe Amand, comenta: “Cuando trabajé en De película como actor, fue una labor muy fuerte porque el texto se fue construyendo a partir de ejercicios de improvisación y la idea era contar una historia a través del cine de su barrio y mostrar cómo pasaba el tiempo mientras tanto; eso me permitió vivir en carne propia los que le pedía a los actores que hicieran.”

En esta película, Julio plasmó lo que significó para su generación ser joven en ese momento; la ruptura, el cambio, el toparse con el muro y la represión. Las reacciones de la gente que acudía al cine del barrio, era lo que el público observaba desde su butaca, como si estuviera ante un espejo que mezclaba la realidad de quienes iban allí por una ilusión que les ayudara a continuar con su vida.

“Cuando más adelante vi en el teatro El Galeón, De película, me acerqué a él, literalmente con lágrimas en los ojos y le dije: `Eres un poeta del teatro´. Él nada más sonreía y me decía: `Muchas gracias´, comentó Claudio Obregón.

De la calle, otra película dedicada a la desolación de los golpeados, de los desposeídos. El director eligió crear un arte que expusiera la marginación para lograr la comprensión entre las clases opuestas, seguro de que la violencia es más evidente en los personajes miserables, y que al eliminar el temor, se pudiera colaborar y compartir con los poseedores del infortunio.

Y es así como en sus tres últimas obras De película, De la Calle y Dulces compañías, hablan de un estrato social que él conocía bien, consideraba que la manera de ser “naco” tenía sus propias virtudes, y él lo registró fielmente sin ánimo peyorativo porque eso también tenía relación con el destino, que como él decía: “te puso pobre y jodido” y él amaba a esos personajes.

Para Julio, aquellos que se habían hundido en la degradación, iniciaban la ruta de la santidad, de la reivindicación humana. Los teporochos, policías, prostitutas, violadores y ladrones, cada uno en su dimensión humana, tenían la certeza plena del ridículo y del dolor, pero también de grandeza.

En cuanto a su incursión como director de telenovelas desde 1970, se encuentran Cosa juzgada producida por Luis de Llano y Jiménez Pons, La señora Joven, La hiena, Cuidado con los niños, Extraño en su pueblo, Carta sin destino esta con producción de Ernesto Alonso y Entre brumas en 1973.

Continuó con El y Manantial del milagro en 1974, Caminemos en 1980, Nosotras las mujeres en 1981, Lista negra en 1986, Muchachita, y la segunda versión de Yesenia en 1987, Encadenados y Lo blanco y lo negro en 1988.

También dirigió algunos programas de las series: Los lunes teatro, Teatro Breve, Teatro Universal, La novela semanal, Canasta de cuentos mexicanos, Una vida en escena, además de diversos teleteatros.

Como cineasta dirigió Apolinar en 1971 escrita por él, Blanca Peña y Luis Torner; sin mencionar las innumerables obras de teatro que dirigió.

En el homenaje a Julio Castillo, todos los ponentes lo recordaron como un hombre bueno, apacible, tierno, sencillo, simpático y dotado de gran sentido del humor, aunque en su mirada y sus gestos persistían la tristeza, el silencio y la soledad.

Singer recordó a Castillo provisto de un amor crítico y nacionalista a México y de un sentido del trabajo colectivo que a su juicio hoy serían idóneos para superar el grave problema de atomización que enfrenta la producción dramática.
“Con él se murió una forma de ver el teatro”, afirmó por su parte Enrique Singer, quien insistió en el rescate de la visión libertaria y subversiva que éste tenía del arte dramático para formular un nuevo proyecto de teatro en el país.

Julio Castillo falleció en 1988 en México, DF, a los 45 años de edad. Al morir, el Teatro del Bosque cambió su nombre por el de Teatro Julio Castillo. Este nombre es uno de los más recordados en el ámbito teatral, al cual recordamos todos con letras de oro en la historia de la escena nacional y en uno de los recintos teatrales más importantes del país que lleva su nombre.

Un hombre que aunque pareciera que llevaba una vida pobre y llena de carencias, siempre tenía magia y muchos personajes de los cuales hablar.

“El teatro contemporáneo debe ser como un periódico abierto que exponga a los espectadores collages de los problemas que agobian en nuestro tiempo a la humanidad. El teatro no puede sustraerse al compromiso de sugerir al espectador la crisis de hoy, los cambios en las ideologías, las diferencias entre las generaciones,” llegó a decir Julio Castillo.

“El poeta del teatro” merece ser recordado generaciones tras generaciones, sobre todo para entender, tanto actores, directores, como el mismo público, el verdadero concepto del teatro. Pues como bien lo dijo el actor Humberto Zurita: “Julio Castillo no hacía teatro, era el teatro mismo.”

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