domingo, 7 de diciembre de 2008

NOZZE DI FIGARO - MOZART - Voi Che Sapete

LE NOZZE DI FIGARO - MOZART - Voi Che Sapete - Les Noces de Figaro - OPERA IMAGINAIRE - Susanne DANCO


Texto secundario

sábado, 6 de diciembre de 2008

Bizet-Carmen

BIZET - CARMEN - OPERA IMAGINAIRE - Chanteurs à la croix de bois




viernes, 5 de diciembre de 2008

El otro nombre de la traición

Texto de Beatriz Bezares García
Oye, creo que ya la regué, perdóname, ya te quedé mal....

De verdad que si creo en el romanticismo, y al principio resultó ser pasional, como de película. ¿Y sabes también por qué lo hice? Porque tú me dijiste que jamás te dejaría libre, ¿me entiendes? No teníamos otra opción. Por eso decidí abrirte la muñeca como tú me pediste... ¿recuerdas?... tú me lo pediste.

No me veas así, yo jamás lo había hecho. El cuchillo apenas si tenía filo y tuve que usar la fuerza y cortar todo lo que se pudiera para que surtiera efecto.

Pero no inventes, al ver tu muñeca destrozada y sangrada me dio algo... bueno sí, es miedo... para que te miento... mucho miedo. También debes afrontar parte de tu culpa, debiste haberlo hecho sola, y después cortarme a mí. Tú sabes que no podría hacerlo solo, lo sabías y aún así quisiste.

Yo la verdad ya no puedo, llevo aquí horas viéndote desangrar e intento cortarme las venas para que nos muramos juntos como lo habíamos planeado, pero... sinceramente no me atrevo.

Sí, ya la regué. Ya... no me veas así... ¿Y sabes también por qué te amarré? Porque sé que tú serías capaz de matarme. Y en serio que no quiero...

Tú siempre has sido más fuerte que yo, y eso lo admiro mucho de ti... pero también estás bien loquita... te exasperas y ya nadie puede controlarte. Por eso fue que te golpeé con la botella en la cabeza, para que te estuvieras quieta y me dejaras cortarte a gusto. Pero, ¿ya vez? No lo hice bien... te corté de más...

No debes mirarme así, tus ojos me ven con odio... Nunca pude soportar esa mirada de rencor que de repente me echabas por no seguirte los pasos. Fue tu idea, no la mía. Y no me malentiendas, porque sí te amo, pero no a tu manera. Tu amor es muy pasional, y el mío... el mío es diferente.

Sí, ya sé... yo también lo acepté e hicimos un pacto. ¡Oh por Dios! ¿En qué líos me metes mujer? ¡Mírate! Tu idea nos destrozó la vida a ambos, tal vez yo esté en la cárcel por tu culpa y tú para entonces ya estarás muerta, sin problemas. Y todo por tu gran idea de irnos al cielo juntos, libres... como Romeo y Julieta.

¿Pero sabes qué? Eso sólo pasa en la ciencia ficción... Y mira, ya llevas horas desangrándote y no pasa nada. Y yo sin atreverme a soltarte porque no sé que querrás hacerme, tus ojos no me dan confianza. Luego, si te llevo al hospital, pueden encerrarme, y si te termino de matar... ¡No, ya no quiero! ¡Ya vi mucha sangre! Yo no soy así... Mejor así quédate otro rato, ya se pasará. Además, tus ojos cada vez tienen menos fuerza.

¡No, por favor no! No, no, no, no... No llores ahora, no, ahora no... Me haces sentir muy mal... ¿Me quieres decir algo? Pero no te puedo soltar la boca, porque los vecinos podrían oírnos y todo saldría peor. Mejor así... dejemos las cosas así como están...

Y yo ya me voy, tengo que irme... recuerda que siempre te amé... pero debes afrontar que soy un cobarde... Un estúpido cobarde que se equivocó contigo, porque pensé que sería una idea romántica morirnos juntos y liberarnos de este maldito mundo... fuera de tus hijos... de tu esposo... de la sociedad que nos recrimina... todo por ti... aún después de recibir esa llamada.

No te dije porque no quería romper tu ilusión, pero ahora te lo tengo que decir. Ayer llamó tu esposo y me contestó que ya sabe lo nuestro y que te daría el divorcio. Pensé que esa noticia te decepcionaría, o que tal vez admirarías ese valor de tu esposo y me dejarías de querer. Lo he visto tantas veces. Pero... pues sí, me equivoqué... ahora ya no sé si te quiero lo suficiente... Perdóname, en verdad perdóname... perdóname, perdóname.

Me voy y te dejo la luz prendida... chao mi amor... te veré en el cielo, pero después...

TOSCA - G. PUCCINI - E Lucevan Le Stelle

TOSCA - G. PUCCINI - E Lucevan Le Stelle - OPERA IMAGINAIRE - Carlo BERGONZI





jueves, 4 de diciembre de 2008

Pigmalión


Escritor guatemalteco, conocido por sus colecciones de relatos breves e hiperbreves. Es considerado como uno de los maestros de la mini-ficción y, de forma breve, aborda temáticas complejas y fascinantes, con una provocadora visión del mundo y una narrativa que deleita a los lectores más exigentes, haciendo habitual la sustitución del nombre por el apócope.

Augusto Monterroso


En la antigua Grecia existió hace mucho tiempo un poeta llamado Pigmalión que se dedicaba a construir estatuas tan perfectas que sólo les faltaba hablar.

Una vez terminadas, él les enseñaba muchas de las cosas que sabía: literatura en general, poesía en particular, un poco de política, otro poco de música y, en fin, algo de hacer bromas y chistes y salir adelante en cualquier conversación.

Cuando el poeta juzgaba que ya estaban preparadas, las contemplaba satisfecho durante unos minutos y como quien no quiere la cosa, sin ordenárselo ni nada, las hacía hablar.

Desde ese instante las estatuas se vestían y se iban a la calle y en la calle o en la casa hablaban sin parar de cuanto hay.

El poeta se complacía en su obra y las dejaba hacer, y cuando venían visitas se callaba discretamente (lo cual le servía de alivio) mientras su estatua entretenía a todos, a veces a costa del poeta mismo, con las anécdotas más graciosas.

Lo bueno era que llegaba un momento en que las estatuas, como suele suceder, se creían mejores que su creador, y comenzaban a maldecir de él.

Discurrían que si ya sabían hablar, ahora sólo les faltaba volar, y empezaban a hacer ensayos con toda clase de alas, inclusive las de cera, desprestigiadas hacía poco en una aventura infortunada.


En ocasiones realizaban un verdadero esfuerzo, se ponían rojas, y lograban elevarse dos o tres centímetros, altura que, por supuesto, las mareaba, pues no estaban hechas para ella.

Algunas, arrepentidas, desistían de esto y volvían a conformarse con poder hablar y marear a los demás.

Otras, tercas, persistían en su afán, y los griegos que pasaban por allí las imaginaban locas al verlas dar continuamente aquellos saltitos que ellas consideraban vuelo.

Otras más concluían que el poeta era el causante de todos sus males, saltaran o simplemente hablaran, y trataban de sacarle los ojos.

A veces el poeta se cansaba, les daba una patada en el culo, y ellas caían en forma de pequeños trozos de mármol.

Aria de la Flauta Mágica


Aria de la flauta mágica subtitulada en castellano

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Historia de un perro




Fue autor de multitud de cuentos y relatos (más de 300). Sus temas favoritos son los campesinos normandos, los pequeños burgueses, la mediocridad de los funcionarios, la guerra franco prusiana de 1870, las aventuras amorosas o las alucinaciones de la locura. Son especialmente destacables sus cuentos de terror, género en el que es reconocido como maestro, a la altura de Edgar Allan Poe. En estos cuentos, narrados con un estilo ágil y nervioso, repleto de exclamaciones y signos de interrogación, se echa de ver la presencia obsesiva de la muerte, el desvarío y lo sobrenatural.


Guy de Maupassant

La prensa respondió unánimemente a la llamada de la Sociedad Protectora de Animales para colaborar en la construcción de un establecimiento para animales. Sería una especie de hogar y un refugio, donde los perros perdidos, sin dueño, encontrarían alimento y abrigo en vez del nudo corredizo que la administración les tiene reservado.

Los periódicos recordaron la fidelidad de los animales, su inteligencia, su dedicación. Ensalzaron sucesos de asombrosa sagacidad.

Es mi deseo, aprovechando esta oportunidad, contar la historia de un perro perdido, de un perro vulgar, sin pedigrí. Es una historia sencilla pero auténtica.

En los suburbios de París, a las orillas del Sena, vivía una familia de ricos burgueses. Poseían una elegante mansión con un gran jardín, caballos, carruajes y muchos criados.

El cochero se llamaba François. Era un individuo de origen campesino, un poco corto de inteligencia; grueso, embotado..., pero de buen corazón.

Una noche, en la que regresaba a la casa de sus amos, un perro comenzó a seguirlo. En un principio ignoró al animal, pero la obstinación de éste y el hecho de seguirlo tan de cerca, hizo que el cochero se volviese... Miraba al can intentando reconocerlo, pero no... nunca lo había visto. Se trataba de una perra de una terrible delgadez, con enormes ubres colgantes. Trotaba detrás del hombre en un estado lamentable; la cola apretada entre las piernas y las orejas pegadas contra la cabeza.

François se detuvo. Lo mismo hizo la perra. François reanudó la marcha y la perra siguió tras él.


Deseó desprenderse de aquel esqueleto de animal y gritó:

-¡Vete... Aléjate de mí!

La perra se movió dos o tres pasos hacia atrás y se detuvo apoyándose sobre las patas traseras, pero tan pronto el cochero se volvió, ésta volvió a seguirlo.

Él hizo ademán de recoger unas piedras y el animal se alejó con velocidad, con una gran sacudida de sus ubres, pero volvió inmediatamente la persecución tan pronto el hombre se dio vuelta.

Entonces el cochero llamó a la perra. El animal se acercó tímidamente con la espina dorsal doblada como un círculo y todas las costillas marcándose en la piel. Acarició el relieve de los huesos y movido por compasión dijo: “Está bien... ven”

Como si lo hubiese entendido, el animal movió la cola alegremente y se dispuso a caminar, ahora confiado, delante de él.

Lo instaló en el pajar del establo; luego fue a la cocina para buscar un poco de pan.

Al día siguiente, los amos fueron informados por el cochero de que había dado cobijo al animal, sin que éstos pusieran reparos a que lo conservara.
Sin embargo, la presencia de la perra en la casa se convirtió pronto en un motivo de apuros y conflictos incesantes.

Estaba constantemente en celo y durante todo el año los aspirantes con cuatro patas asediaban la residencia. Estaban en el camino, delante de la puerta, se introducían por entre los setos del jardín, destrozaban las plantas, rasgaban las flores y sus continuas idas y venidas exasperaban al jardinero. Día y noche era un concierto de aullidos y de batallas sin fin.



Los amos incluso llegaron a encontrar en la escalera perros de todas razas, pequeños con la cola recortada, perros grises, merodeadores de las calles que viven de la basura, enormes perros de raza Terranova con los pelos rizados…

François la llamaba “Cocote” y bien que hacía honor a su nombre. Se reproducía con una facilidad pasmosa y tenía camadas de perros de todas las especies. Cada cuatro meses el cochero tenía que sacrificar la grey de cachorros ahogando a los pequeños seres arrojándolos a un pozo acuífero.
Cocote, con el tiempo, había llegado a ser enorme. Tras su antigua delgadez, ahora era obesa, con un vientre inflado debajo del cual sus largas ubres, sacudiéndose, siempre se arrastraban. Tan gorda estaba que se extenuaba tras caminar diez minutos.

El cochero solía decir: “Es un buen animal, pero a fe mía que deja el pozo fuera de servicio”.

El jardinero se quejaba a diario, la cocinera hacía otro tanto, pues encontró perros debajo de su horno, debajo de las sillas, en el arcón del carbón; robaban todo lo que se encontraban.

El amo le pidió a François que se liberara de Cocote.

El criado, desesperado, gimió, pero tuvo que obedecer. Ofreció la perra a todos sus conocidos pero nadie la deseaba. Intentó perderla. Un representante de ventas la llevó lejos en el cabestrante de su coche, pero una vez sola siempre encontraba el camino de regreso y, a pesar de su barriga que se caía, volvía siempre a acostarse en su reservado del establo.

Pero el amo no consintió más y, molesto, llamó a François, al que dijo gravemente y encolerizado:

-Si usted no se deshace de este animal antes de mañana, lo despido de inmediato... ¿está claro?

Quedó consternado porque adoraba a Cocote. Reflexionó y llegó a la conclusión de que era imposible conseguirle un nuevo hogar porque nadie quería estar cerca de esta perra seguida de un regimiento de canes. Así que era necesario tomar medidas: no podía colocarla, no podía perderla; el río era la única solución.

Entonces pensó en dar veinte peniques a alguien para que hiciese el trabajo. Pero a este pensamiento sobrevino un agudo dolor, ya que otra persona tal vez no tendría el cuidado de no hacer sufrir al animal, y por tanto decidió realizar la ejecución él mismo.

Esa noche no pudo dormir.

Al amanecer se levantó y, tomando una fuerte cuerda, fue a buscar a Cocote... La perra se levantó lentamente, sacudió su rabo y estiró sus miembros celebrando la llegada de su amo.



Él se sentó y, subiéndola a sus rodillas, la acarició un largo rato, luego le puso la correa y el bozal diciendo: “Vamos”. La perra agitó la cola creyendo que iba a dar un paseo.

Llegaron al río.

François eligió un lugar en donde parecía que había suficiente profundidad.
Entonces ató un extremo de la cuerda al cuello del animal y, recogiendo una gran piedra, la unió al otro extremo. Tras esto tomó la perra en sus brazos y la besó furiosamente, como si se tratara de una persona de la que uno se despide.

La sostuvo apretada contra su pecho, y la perra lo lamía con satisfacción.
Diez veces intentó arrojarla, pero le faltaron fuerzas. Pero en un intento, con decisión repentina, hizo acopio de toda su fuerza y la lanzó lo más lejos posible.

Flotó un segundo, luchando, intentando nadar como cuando era bañada... pero la piedra la empujó al fondo; tenía una mirada de angustia y su cabeza desapareció en primer lugar, mientras que sus patas, saliendo del agua, todavía se agitaban. Entonces aparecieron algunas burbujas de aire en la superficie... François creyó ver a la perra un instante cuando el cauce torcía en una zona fangosa del río.

Casi se vuelve loco y durante un mes estuvo enfermo, torturado por la memoria de Cocote

La había ahogado hacia finales de abril.

Tras un largo tiempo, se recobró

Finalmente apenas pensaba en ello cuando, a mediados de junio, sus amos decidieron ir a Ruán a pasar el verano.

Una mañana, como hacía mucho calor, François decidió ir a bañarse a la orilla del río. Al entrar en el agua, un olor nauseabundo lo hizo mirar a su alrededor. Observó entre unas cañas el cuerpo de un perro en estado de putrefacción.

Se acercó sorprendido por el color del pelo. Una cuerda descompuesta todavía apretaba su cuello. Era su perra, Cocote, arrojada por la corriente a sesenta millas de París.

Él seguía de pie, con el agua hasta las rodillas, trastornado, como si se tratase de un milagro.

Se volvió medio loco de repente y comenzó a caminar al azar, con la cabeza perdida. Vagó todo el día y perdió el camino que jamás volvió a encontrar. Nunca volvió a atreverse a tocar un perro.

Esta historia no tiene más que un mérito: es verdadera, enteramente verdadera.

Sin la reunión extraña del perro muerto, al cabo de seis semanas y a sesenta millas de distancia nunca la hubiéramos conocido, indudablemente; ¡porque cuantos animales pobres, sin abrigo, vemos todos los días!

Si el proyecto de la Asociación Protectora de Animales tiene éxito, al menos disminuiremos la presencia de estos cadáveres con cuatro patas arrojadas a los cauces de los ríos.